sábado, 15 de agosto de 2015

LA PRISIÓN SUBTERRÁNEA












LA PRISIÓN SUBTERRÁNEA

Un señor de Quiroga ( Lugo ), llamado don Pedro, tenía una hermosa hija de cabellos rubios como los de un hada. Esta hidalguita, que tenía por nombre el de Sancha, gustaba de pasear por los alrrededores del castillo de su padre; muchas veces iba sola, vestida con una ropa muy sencilla, como la de una persona vulgar.
En uno de sus paseos se encontró cierta tarde de otoño con un mozo gentil que venía de caza, al parecer, de los montel de Courel, llevando ante si, sobre el potro que montaba, un corzo que había abatido con su ballesta.
Fiz, que tal era el nombre del muchacho, saludó muy cumplido a laa doncella, sin sospechar quién era; esta le miró con agrado y le felicitó por el feliz éxito de su cacería. Cruzaron después un breve diálogo. Él se dio a conocer como escudero del señor Osorio, de Castro Caldelas, y la joven, como perteneciente a la servidumbre del de Quiroga.
Gustáronse entrambos por la figura y buenas maneras que uno y otra tenían y prometieron volver a verse, despidiéndose con palabras de buena amistad.
Y, en efecto, días después los dos jóvenes volvieron a encontrarse de nuevo a las orillas del Sil. Y aquellos encuentros se repitieron; hasta que un día don Pedro hizo llamar a su hija, al tener conocimiento de cómo al parecer, los dos muchachos se amaban, cosa que veía con disgusto.
¿Quién es ese joven? – preguntó a su hija Sancha.
Señor – respondió ella -, es un hidalgo, por ahora, simple escudero del señor Osorio…
¡Un simple escudero! – exclamó con desagrado.
Señor, es muy bueno y noble y
¡De la casa de Osorio! ¡Bah! ¡ Poca nobleza debe alcanzar un joven que pertenece a tal casa! – dijo don Pedro con desprecio. Y añadó -¡Pues te prohíbo que vuelvas a verte con él, pues tu nobleza no es para compararse con tal mozo!.
Sancha sintió que se abrasaban sus mejillas y se agolpaban a sus ojos la lágrimas; pero no tuvo fuerzas para defender su amor y se retiró a su aposento, donde su dolor se derramó en llanto.
El de Osorio no había sido nunca un caballero que mereciera las simpatías de don Pedro.
Pero la joven, que iba cobrando amor al gentil doncel, no se resignaba a rechazarlo, y con la esperanza de que su padre algún día podría acceder, descubrió a su enamorado galán la entrada secreta de un pasadizo que, pasando bajo el Sil, llegaba hasta el interior de aquel secreto corredor podrían hablarse sin que nadie los viera ni pudieran sospechar tales encuentros.
Don Pedro, sin embargo, vigilaba a su hija y vigilaba también los alrededores del castillo y pronto comprendió lo qu sucedia. Grande fue su cólera ante la desobediencia de su hija; y más aún porque consideraba que aquellas entrevistas de los dos enamorados en el secreto pasadizo era para él un ultraje a su dignidad de padre y de señor. Y decidió imponerles un castigo ejemplar.
Se dedicó entonces a espiar y preparó todo para llevar a cabo su idea. Y cuando obsevó que su hija penetraba en el pasillo subterráneo, ordenó a los hombres de su confuanza, ya prevenidos, que tapiaran la entrada; y poco después, considerando que el galán iria al encuentro de su amada. Mandó cerrar tambien la salida del túnel.
Y allí quedaron para siempre entranbos amantes, sumergidos en aquella prisión bajo las aguas del Sil.
Cuenta finalmente la leyenda que ellos son los progenitores de as lavandeiras, seres mitológicos que moran en las profundidades de las aguas del caudaloso río Sil y lavan y pulen las pepitas de oro que arrastran sus aguas.


Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

sábado, 8 de agosto de 2015

LA LAGUNA DE DONIÑOS











LA LAGUNA DE DONIÑOS

Entre las colinas de Brión y Belón, en el ayuntamiento de Serantes, dícese que en tiempos muy antiguos había una pequeña ciudad llamada Doniños y que sus habitantes eran todos gentiles, esto es, paganos o idólatras, a excepción de dos, hombre y mujer, que tenían su humilde casucha un poco apartada de las demás, en una de las alturas próximas.
Y cuando el Apóstol Peregrino andaba por el mundo, cierto día llegó por allí y pidió alojamiento en donde le pareció que había más abundancia; también si querrían hacerle el favor de darle una taza de caldo.
Pero el dueño de la casa, llamándole vagabundo y pícaro despreciable, le respondió que procurase trabajar si quería comer; y que allí no tenía nada que hacer y que era mejor que siguiese su camino.
Intentó el Apóstol Peregrino llamar a otras puertas y, poco más o menos, siempre le daban la misma respuesta, si no le trataban aún peor.
Resignado, prosiguió su camino hasta que llegó a la cabaña de los dos cristianos.
-Pase, señor, pase – le dijeron allí cariñosamente, y le daremos de nuestra pobreza como hermanos que somos.
Comió el Apóstol en compañía de aquella buena gente y después se acostó sobre unas pajas, cerca el rescoldo del hogar, y se durmió. También los dos esposos se fueron a su humilde lecho; pero cuando al día siguiente se levantaron, vieron que el peregrino de la noche había desaparecido.
¡Dios le guie! –dijo el marido– Tal vez haya marchado muy temprano y no quiso molestarnos más.
Poco después de esto, Román, el labrador, unció los bueyes al carro y se fue camino de la ciudad para vender una carga de leña.
Pero cuando ya iba a entrar por la primera calle adelante, camino del mercado, oyó gritos que pedían socorro, y reconociendo la voz de su mujer, miró hacia atrás y vio que dos soldados corrían tras ella, que huía despavorida.
Román dejó el carro y corrió para defender a su mujer, que, sin verla, torció el camino y subió hacia el monte, siempre perseguida por aquellos soldados. El hombre apresuró aún más su carrera y, cuando ya iba alcanzándolos, ellos, dándose cuenta de su llegada, huyeron por otra vereda a su vez.
Román siguió entonces para reunirse con su mujer, sin lograr alcanzarla hasta llegar a su casa, quedando admirado al ver a su esposa asomada a la ventana, alegre y sonriente.
¿ Que es lo que ha sucedido? –le preguntó.
Pero aún no bien había dicho estas palabras, cuando oyeron un gran estruendo y el borbollar de las aguas como si el mar se volcara sobre la tierra. Los gritos de pavor estremecían. Atemorizados, marido y mujer, desde la puerta de su casucha, vieron que la ciudad de Doninos se sumergía inundada por un coloso torrente que, sin saber cómo, allí mismo había sido sumergida entre los peñascos que la cercaban.
Y es allí donde hoy existe la laguna de Doninos, por un castigo del Cielo para aquellos gentiles despiadados con nuestro Apóstol Peregrino.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

sábado, 1 de agosto de 2015

O Lupushome ( El hombre lobo )











O Lupushome  ( El hombre lobo )

Comienza en el lugar de Regueiro, un pequeño pueblo del ayuntamiento de Allariz, con el nacimiento de Manuel Blanco Romasanta, el 18 de noviembre de 1809, que pronto será conocido como el Hombre Lobo de Allariz. Se casa con 21 años, pero enviuda al poco tiempo, y decide dedicarse a la venta ambulante. Su primera víctima desaparecía en 1843, un guardia civil de León que iba a embargar al gallego por una deuda de 600 reales. Fue condenado por este asesinato pero se escapa de la cárcel y vuelve a su tierra natal; deja la venta ambulante e intenta pasar desapercibido ganándose la confianza de sus paisanos.
Al pasar unos años vuelve al comercio ambulante y es aquí dónde empieza su larga lista de asesinatos. Las dos primeras, vecinas de un pueblo cercano, que confían en Romasanta para que las guíe a Santander en busca de mejor fortuna, ya que estaban pasando por un mal momento. Al volver del viaje, Romasanta cuenta que la mujeres habían encontrado un buen trabajo y se encontraban bien; además conocía un cura que necesitaba una criada y fue así como la hermana menor de una de las primeras víctimas siguió sus pasos. Esta fue la excusa perfecta para que la gente del pueblo lo siguiera en busca de trabajo y mejor posición.
Romasanta los asesinaba y vendía sus ropas y pertenencias. Con el paso del tiempo los familiares de las víctimas pedían explicaciones a Romasanta preocupados al no recibir noticias; él contestaba que estaban bien y agradecidas de que las hubiera ayudado y que pronto escribirían. Llegó incluso a falsificar cartas para mantener la calma entre las familias. Pero todo acabó cuando los hermanos de una víctima reconocieron las prendas de su hermana que vestía una mujer; ésta les contó que Romasanta se las había vendido. Con el tiempo vieron que había otra gente con objetos de su hermana, y denunciaron a Romasanta. Pero este al enterarse huyó a Toledo. Tiempo después, fue encontrado por casualidad por dos gallegos que avisaron al alcalde, de que era un fugitivo buscado por la guardia civil gallega. Fue detenido de inmediato y trasladado a la cárcel de Allariz. El juicio acaparó la atención de toda la prensa de la época y su sumario se conserva en el archivo del Reino de Galicia.

Romasanta confesó ser autor de los asesinatos que se le imputaban. Relató que conducía a sus víctimas a lugares discretos en los bosques gallegos y allí desgarraba y destrozaba los cuerpos que después devoraba. Su explicación fue que en su adolescencia había sido víctima de una maldición familiar que lo convertía en hombre lobo sin que pudiera evitarlo. Desde ese momento perdía la conciencia humana, y lo dominaba el instinto animal que lo hacía matar y devorar la carne de sus víctimas. Los intentos de su abogado de conseguir su absolución, por falta de pruebas y lo absurdo de su declaración, se desvanecieron cuando se hizo una reconstrucción de los hechos a través de la que Romasanta contó en el lugar como había matado y devorado a alguna de sus víctimas.
El juicio del hombre lobo duró un año; al final fue condenado al garrote vil, a pagar los gastos del juicio y a una indemnización a las familias de las víctimas. Pero la suerte del hombre lobo cambió cuando la Reina Isabel II recibió una carta de un hipnotizador francés, que había seguido todo el proceso, pidiendo su absolución ya que su teoría era que Romasanta tenía una monomanía conocida por los antiguos médicos como licantropía: un síndrome psiquiátrico que provoca una alucinación en la persona afectada y que le hace creer que es o que puede transformarse en un animal. Este hecho hizo que la condena de Romasanta fuera reducida a cadena perpetua.
Manuel Blanco Romasanta murió poco después en la cárcel de Allariz.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega