viernes, 20 de noviembre de 2015

A COBA DA SERPE (LA CUEVA DE LA SERPIENTE)















A COBA DA SERPE  (LA CUEVA DE LA SERPIENTE)

La torre de San Payo de Narla, en Friol (Lugo), tiene sus leyendas como muchas otras torres y castillos de Galicia. Una de ellas es la de la “ A Cova da Serpe “, que da nombre a un monte que alcanza a Ia provincia de A Coruña, cerca de Sobrado de los Monjes.
Uno de los señores de aquella torre o castillo tenía una hija, llamada Berta o Benta, que gustaba de pasearse a caballo por las tierras que rodeaban el castillo sin alejarse mucho de él, para recrearse contemplando el paisaje y, algunas veces, incluso hablar unos momentos con algunas de las hijas de sus vasallos, muchachas de su edad; costumbre frecuente por aquellos tiempos en que no había otros entretenimientos sino muy de tarde en tarde.
Aconteció cierto día que la yegua que montaba la hidalguita se asustó y echó a correr desbocada, sin que la joven pudiera dominarla ni contenerla. Pero un joven campesino saltó al camino desde la cerca de un labradío, agarró fuertemente el freno de la yegua y con un vigoroso esfuerzo, la detuvo.
La heroicidad del muchacho, o quizá más que nada su varonil apostura, hizo que la doncella se enamorase de él. Por su parte, el joven campesino vio en la hidalga como una hada hermosísima que lo dejó cautivado.
Los dos jóvenes volvieron a verse; sentados a la sombra de los robles de una carballeira (robledal), se hablaban, enamorados y dichosos, olvidando su desigual condición.
Pero el señor de San Payo, don Lopo das Seixas, se enteró en seguida de aquellos amores de su hija con el mozo labriego, su vasallo y amenazó a su hija con un serio castigo si no ponía fin a aquella desatinada amistad, que para él era un ultraje a la hidalguía de sus torres.
Benta, amante y arriesgada, puso en conocimiento del muchacho las amenazas de su padre, y entre llantos y besos, ambos determinaron huir a través de los montes en busca de un refugio en otras tierras.
El señor das Seixas, al darse cuenta de que su hija había desaparecido, ordenó inmediatamente que salieran algunos escuderos y hombres de armas de la torre para perseguir a los fugitivos, dar muerte al galán y volver al castillo con Benta.
Los amantes, sabiéndose perseguidos al oír el galopar de los caballos, se ocultaron en una cueva que descubrieron en aquel monte. Pero quedaron aterrados al encontrarse con una gran serpiente que levantaba su repugnante cabeza hacia la joven. EI muchacho empuñando un puñal, se interpuso e intentó cortar la cabeza al reptil, que esquivó el ataque y se enrolló ligero y sin temor en torno del joven, privándole el movimiento y la acción.
La lucha fue terrible entre el hombre y la sierpe; la hidalguita miraba aterrorizada la desigual pelea. Por fin, el robusto mozo alcanzó a la serpiente con un certero golpe en la cabeza; pero ya era tarde porque las mordeduras del reptil y la presión del escurridizo cuerpo que comprimía el suyo, le asfixiaron y Ie causaron la muerte.
Guiados por los gritos y sollozos de la joven, acudieron a la cueva las gentes de don Lopo, que recogieron a la despavorida Benta y la condujeron a la torre de Narla.
Por eso le llaman al monte “monte da cova da serpe”, en recuerdo del drama que allí se desarrolló, conservado por la tradición legendaria.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

sábado, 14 de noviembre de 2015

EL DESVENTURADO AMADOR















EL   DESVENTURADO   AMADOR


El conde de Lemos, señor de Monforte, tenía una hija, Constanza, hermosa y alegre como una mañana de primavera.

Se decía que el mismo rey Alfonso VI estaba enamorado de ella y de ella estaba enamorado también como un loco cierto hidalgo, escudero de linaje desconocido, del cual solamente se sabía que se llamaba Rui.

Los padres de Constanza pensaban casarla con un amigo suyo, señor de buena casa, que tenía varios escuderos; porque el rey Alfonso VI no podía tomarla por esposa, lo cual había amargado no poco el carácter de la condesita, que fue trocándose en melancólico y malhumorado. Los galanteos del joven escudero Rui no agradaban a la condesa, por juzgarle poca cosa para ella.

Para tratar de distraerla, el conde su padre organizó una gran cacería, a la que concurrieron varios señores amigos suyos de las comarcas fronteras de sus dominios. Cuando, después de correr los montes, unos y otros estaban descansando en un calvero del bosque, surgió de entre la espesura del matorral un gran oso que, con los peludos brazos abiertos se lanzó contra doña Constanza, que estaba un poco alejada de los demás. Suerte fue para ella que el joven Rui se interpusiese a tiempo entre su amada y la fiera, a la que logró dar muerte con su cuchillo de monte, sin recibir por su parte más que ligeros rasguños de las zarpas del oso.

Más solamente unas frías palabras de agradecimiento por su hazaña fue cuanto consiguió de padre e hija el desventurado hidalgo amador.

Poco tiempo después, doña Constanza se casaba con el señor de las Torres de Altamira, fortaleza asentada en la cumbre de un monte de Brión. Este señor no se llevaba muy bien con el rey don Alfonso VI y su casamiento con la hermosa Constanza vino a agriar más su aversión. Un día, el monarca, pana imponerle un castigo por cierto hecho que estimó como de excesiva crueldad, fue con su hueste contra las Torres de Altamira y, después de ponerles cerco, mandó un emisario al señor con la orden de que se entregase al rey; pero el de Altamira se negó, y como la fortaleza estaba bien abastecida y los muros eran muy fuertes, el rey no logró dominarla.

Cansado del asedio y sin ver una posibilidad de vencer el orgullo del señor de las Torres, Alfonso VI resolvió levantar el campo, cuando, hallándose en esto, se acercó a él un joven escudero de aspecto decidido, quien se le presentó entregándole un pergamino que, según afirmó, le había dado un peregrino procedente de Toledo.

Aquel pergamino solicitaba del rey que exigiera al señor de Altamira la libertad de un cautivo que tenía preso en los fosos del castillo desde hacía algunos años. Pero: ¿cómo  conseguirlo, vista su actitud?

EI emisario se ofreció al rey para penetrar en el castillo y procurar los medios para que sus fuerzas pudieran adueñarse de las torres, de no conseguir la libertad del preso.

-¡Ve! -  Le dijo Alfonso VI.
Valiéndose de una estratagema, el joven escudero consiguió penetrar en el castillo y hablar con el señor, al que pudo convencer de que se entregara al rey, en la seguridad de que, como su delito no era grave, nada había de temer. Su esposa doña Constanza contribuyó a decidirlo, diciéndole que ella le acompañaría y con su presencia lograría el perdón del monarca.

Así aconteció, aunque para perdonarle, el rey exigió la libertad del prisionero, resulto que era el hermano del propio señor de las Torres, el padre del joven Rui, el infeliz enamorado de doña Constanza. Pero, cuando fueron a abrir el subterráneo donde estaba el cautivo, se percataron de que ya no vivía.

Entonces el hijo del muerto, el joven hidalgo, en un arrebato de fiereza y ansia de venganza, con la desesperación de verse sin padre y sin amor, muertos ambos por el señor de las Torres de Altamira, su tío, puso fuego al castillo para así castigar su maldad y su tiranía.

Pero como las gentes acudieron enseguida para sofocar el incendio y los deseos de Rui no se cumplieron, este, por el contrario, pasó a ocupar el mismo calabozo de su padre y allí murió también, al cabo de algún tiempo, dícese que invocando el nombre de Constanza.

¿Para maldecirla? ¿Para recordarla en su última hora?

Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

sábado, 7 de noviembre de 2015

MACÍAS EL ENAMORADO ( Macías o Namorado )

















MACÍAS EL  ENAMORADO  ( Macías o Namorado )

Los cancioneros galaicos de los siglos XII al XVII, que son una muestra indiscutible de la cultura de Galicia en aquella época, como reconoce el marqués de Santillana en su carta al condestable de Portugal, nos han legado numerosos poetas. Entre ellos figura el de <<Macías o Namorado>>, llamado así por su trágica muerte, causada por el apasionado amor que profesaba a una dama a la cual dirigía sus poemas.
Y esta es, precisamente, la leyenda que hoy os ofrezco. Macías era un joven doncel gallego que pertenecía a la casa del maestre de la Orden de Santiago don Fernan Perez de Andrade, el cual lo tenía en gran estima, porque, además de un buen muchacho, era poeta; y don Fernan sentía pasión por las bellas letras.
El joven Macías, de corazón ardiente y de romántico carácter se enamoró de una señora, Elvira, que servía a su señor, y a la cual dedicaba tiernas cantigas, siendo estos amores llevados en gran secreto por deseo de la dama. Pero aconteció que, en una ausencia del enamorado Macías, el maestre de la Orden de Santiago determinó casar a doña Elvira con un hidalgo a quien le gustaba grandemente la joven. Y el casamiento se llevó a cabo, no sabemos si con disgusto de doña Elvira o con su complacencia.
Cuando a su regreso se enteró Macías del acontecimiento, sintió el dolor de aquel desengaño como si le clavaran una daga en el pecho y dedicó a su amada las rimas de su desesperación. Pero pensó que el grande y profundo amor que su señora le tenía no era posible que hubiera mudado, sino que forzada por la voluntad del maestre habría aceptado el matrimonio, pero seguiría amándole con la misma firmeza y confianza. Las secretas cartas de Elvira le demostraban que su nombre aún vivía en los recuerdos de su amante y esperaba una oportunidad para mejorar su suerte.
Pero amores tan continuados tenían que ser descubiertos; el marido de doña Elvira, llegó, pues, a enterarse. Su primer pensamiento fue el de matar al audaz Macías; pero no se atrevió a tanto, por ser este uno de los escuderos más apreciados por su señor. Entonces dio cuenta de aquellos amores a don Fernan Perez de Andrade, el cual, llamando el doncel a su presencia, le amonestó muy seriamente, diciéndole que no sólo dejase de importunar a doña Elvira, sino que ni siquiera pensara en continuar aquellos amores; debía, pues, olvidarse de ella.
Estaba, no obstante, Macías tan enamorado, que, viéndose contrariado por aquella prohibición de su señor y por las amenazas del esposo ultrajado, creció su amor y su deseo e insistió en requerir a su señora con tiernas canciones, tanto que el maestre, no viendo otro remedio, mandó que lo llevasen preso al castillo de Narahio ( San Sadurniño), lugar de la Orden de Santiago a unas cinco leguas de Betanzos, donde el habitaba, por no hallar otra solución para cortar las quejas que le daba el esposo ofendido.
Preso Macías en Narahio con gruesos grillos de hierro en los pies, entonaba tristes cantigas, lamentando sus dolores y quejándose de su mala suerte. Enviaba estas quejas a su señora y mezclaba con sus saudades algunas esperanzas.

En las ramas de un árbol
cantaba un mirlo enamorado.
Entre los matojos agachada
cacareaba una mirla enamorada.
Dijo el mirlo – Mucho cacareas.
Y ella contesto: Para que me oigas,
aunque no me veas.

Llegaron a las manos del marido de doña Elvira estas cantigas, así como también las acostumbradas cartas de Macías. Y, no pudiendo sufrir el desasosiego que le produjeron, abrumado por los celos, decidió acabar de una vez con tal historia. Montó a caballo, y armado con una Lanza, se fue hasta Narahio y vio, por una ventana de la prisión en donde estaba Macías, cómo este se dolía de su amor y de su mala suerte.
Entonces, loco de coraje y de celos, arrojo con fuerza la lanza por entre las rejas y atravesó con ella el pecho del leal amador, que exhalando su último suspiro cayó para no levantarse más.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega