viernes, 19 de febrero de 2016

EL CASTILLO DE PAMBRE















EL CASTILLO DE PAMBRE

En el término municipal de Palas de Rey (Lugo) y en la cumbre de un promontorio que avanza de sudeste a noroeste, a la orilla del río Pambre, consérvase aún el magnífico castillo construido en el siglo XIV por don Gonzalo Ozores de Ulloa.
Don Gonzalo Ozores de Ulloa era partidario del rey don Pedro I y tomó parte en la batalla de Montiel el año 1369. Muerto don Pedro I por su hermano don Enrique, don Gonzalo Ozores quedó prisionero del vencedor, que lo tuvo en su poder varios años, después de los cuales pudo regresar a su tierra, encontrando que todos sus bienes se los tenía tomados Fernán Gómez das Seixas.
Decidido a recobrar sus posesiones, sin pérdida de tiempo don Gonzalo se dispuso a organizar a sus gentes y se dedicó a visitar a todos sus amigos y parientes para conseguir su apoyo. Entre sus partidarios destacaban don Álvaro Páez de Soutomaior, los señores de Camba y Deza, Vasco Fernández, con sus hombres de Vilar de Mella, y amigos de Sobrado, Mellide e da Ponte de Albidrón.
En cuanto tuvo reunida la mayoría de sus seguidores, don Gonzalo Ozores, pensó ir primero sobre el Castro das Seixas; sin embargo, decidió atacar antes el castillo de Curbián, situado en el término de la parroquia de San Martín de Curbián, sobre la margen izquierda del río Pambre, porque «allí hallaba Gonzalo Ozores concentrado y encarnado todo lo que para un Ulloa podía ser caro y de estima en este mundo>>, como dice López Ferreiro en su novela O Castelo de Pambre.
Sitiado el castillo, sin mayores esfuerzos las tropas de Ozores asaltaron los muros y derrotaron a sus defensores, que se vieron obligados a una humillante capitulación.
Conquistado el castillo de Curbián, el afán de don Gonzalo era marchar cuanto antes contra las torres de San Payo de Narla, que era la casa principal de los Seixas, situada en la margen derecha del río Narla, a unas dos leguas de distancia de Curbian; pero, enterado Vasco Gómez de la pérdida de este castillo, envió emisarios a todos sus amigos, pidiéndoles ayuda e hizo sus mayores esfuerzos para reunir un poderoso ejército, apoyado por las huestes de los señores de Lugo, Betanzos, Villalba, Narla y Trasparga, a fin de combatir a los antiguos partidarios del rey don Pedro I, que pretendían reconquistar en favor de Ozores de Ulloa las propiedades que le había quitado don Enrique para cedérselas a él, Gómez das Seixas, en pago de los buenos servicios prestados en las luchas contra su hermano.
En pocos días se reunieron alrededor del castro de Seixas todas las fuerzas de los amigos de Gómez das Seixas, dirigiéndose seguidamente hacia Curbián. Para cerciorarse mejor de lo ocurrido en este castillo, hicieron alto en el castro de Ambreixo, situado a una legua aproximadamente de aquel.
Ambos rivales estaban ansiosos de acometerse; así, pronto los dos bandos se encontraron frente a frente, entablándose ruda lucha de la que salió triunfante Gonzalo Ozores, que logró dominar con sus aguerridas tropas la corona del castro y poner en franca huida a Gómez das Seixas y sus amigos.
Sin dejarles tiempo para rehacerse de esta derrota, Gonzalo Ozores de Ulloa, que, según dice Vasco da Ponte, era de los Sánchez de Ulloa, linaje en Galicia muy antiguo, hombre muy esforzado, valiente y diestro, en su lucha por la recuperación de sus dominios tuvo su batalla con Fernán Gómez das Seixas en el castro de Ambreixo, y allí fue desbaratado este y quedó don Gonzalo Ozores por señor, tornando así a recobrar toda la tierra de que había sido despojado.
Y añade Vasco da Ponte que don Gonzalo Ozores de Ulloa era casa de cuarenta lanzas; es decir, que disponía de cuarenta hidalgos o señores armados y montados, con sus correspondientes peones, a los cuales podía sostener por sus propios medios.
Una vez que don Gonzalo reconquistó sus posesiones, fue cuando hizo levantar el castillo de Pambre para disponer cuanto antes de una fortaleza emplazada en ventajosas condiciones por su situación, y también por sus recios muros e importantes medios defensivos, tan necesarios para la mejor protección de sus propiedades en lo sucesivo.
Y fue tal la celeridad con que se llevaron a cabo las obras y de tal magnitud la solidez de los muros de todo el recinto fortificado, que surgió la leyenda de que había sido construido en una noche por los “mouros”. Y bien sabido es que los “mouros” en Galicia no son precisamente los moros africanos, sino los ”gigantes magos, capaces de todas las cosas extraordinarias”.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

domingo, 14 de febrero de 2016

EL PAJE DEL REY















EL PAJE DEL REY


Hojeando un libro del año 1.853, titulado “Viaje ilustrado en las cinco partes del mundo”, he hallado en el II tomo, página 871, que corresponde al artículo <<España>>, una curiosa nota que dice textualmente:

“Ribadeo es desde largos tiempos cabeza de un condado que poseyó la familia de Villandrado, y hoy está unido a la casa de los duques de Híjar. Los condes de Ribadeo tenían y conservan el singular privilegio de comer con eI rey el día de Reyes, siempre que lo hace en público, y recibir luego el vestido completo que usa en semejante día. Esta circunstancia nos hace recordar naturalmente haber visto cien veces en Madrid la ceremonia de la traslación del traje, que se hace en un coche de etiqueta, escoltado por alabarderos ahora, y antes por guardias de corps, en el que ya dentro, un jefe de palacio se lo presenta en una bandeja de plata a al duque de Híjar, como conde de Ribadeo.”

Parece ser que el origen de este privilegio es, según dice una tradición o leyenda, el siguiente:
Cuentan que uno de los antiguos monarcas de Castilla fue cierto día convidado a un banquete por uno de sus próceres, hombre turbulento, ambicioso y feroz, que tenía dispuesto nada menos que dar muerte al rey, de acuerdo con otros conjurados, para satisfacer sus fines particulares.
No se sabe el reinado en que esto aconteció, ni, por lo tanto, a qué rey o a qué prócer se refiere la leyenda, pero el hecho, si damos por buena la nota copiada, hay que considerarlo como histórico.
Sea de ello lo que quiera, es el caso que un joven de la familia Villandrado, paje a la sazón del rey, oyó por casualidad algunas palabras que le descubrieron el terrible proyecto tramado contra la vida de su señor, que resolvió salvar aun a costa de la suya propia.  Se dirigió con presteza al salón del festín, cuando se hallaban ya disfrutando de la magnífica comida, y presentándose al rey, le manifestó que había de hablarle en el acto de un asunto de la más alta importancia, suplicándole que pasara para oírle a una cámara vecina, por ser cosa en extremo reservada. Accedió el rey al punto, pues tenía en gran aprecio al paje y una absoluta confianza en sus palabras.
Los conjurados se miraron unos a otros recelosos, con el temor de haber sido descubiertos; mas luego, pensando que este incidente podía ser casual, y como, por otra parte, la estancia en donde habían entrado el monarca y el paje Villandrado no tenía más salida que el comedor donde se hallaban, resolvieron que ella les sirviese para consumar su intento. Al efecto, colocaron varios hombres de armas a lo largo de una galería escasamente alumbrada que conducía a la habitación referida y les dieron orden de no permitir el paso a nadie más que al paje, y de ninguna manera al rey, a quien debían dar muerte si intentaba forzarlo.
Villandrado, entre tanto, rogaba a su amo que cambiase con él de traje, y se pusiera a salvo inmediatamente, en lo que consintió el rey, creyendo que su servidor no correría peligro. Disfrazado, pues, con los vestidos de su paje, el monarca pudo escapar sin que sus enemigos se dieran cuenta de ello y al punto dispuso que sus gentes y guardas de corps se apoderasen de los culpables y pusieran libre a Villandrado; pero cuando llegaron sus leales, los conjurados habían huido, temerosos del peligro, y el paje estaba muerto a puñaladas, sin duda por los mismos cortesanos rebeldes que quisieron tomar esta venganza del heroico joven.
El rey, furioso por el atentado contra su persona y por la muerte de su fiel libertador, hizo pregonar que daría grandes recompensas y haría grandes mercedes al que le entregase muerto o vivo al magnate traidor y dispuso que, para perpetuar la memoria aquel hecho, todos los días de Reyes, aniversario del suceso, se entregase al descendiente poseedor de la casa de Villandrado el vestido que él y sus sucesores usaran en tal día, convidándolo además a come a la mesa real.
Pero el padre Juan de Maria, en su Historia General de España, dice: “En el año 1441, día de la circuncisión, defendió valerosamente al rey don Juan II el capitán Rodrigo de Villandrado: en premio de lo cual y para memoria de lo que hizo aquel día, le fue dado un privilegio plomado, por el cual se concedió para siempre a los condes de Ribadeo que todos los primeros días del año comiesen a la mesa del rey y les diese este el vestido que usan en aquel dia”.
Benito Vicetto, en su Historia de Galicia, refiriéndose al mismo caso y aludiendo a la leyenda, aclara que quien salvó al rey, cambiándose con él el traje que vestía, fue el caballero gallego don Rodrigo de Villandrado, conde de Ribadeo, que era amigo del rey, habiendo perecido por salvar a este, asesinado por los grandes magnates castellanos que pretendían dar muerte al monarca.

Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

domingo, 7 de febrero de 2016

EL ENCANTO DEL MONTE DE CASTRO















EL ENCANTO DEL MONTE DE CASTRO

La leyenda que voy a relatar fue recogida por la dignísima y culta maestra nacional y notable escritora dona Dora Vázquez, a la cual se la ha referido una anciana de San Estevo de Larín (Arteixo). Es una variante de otras antiquísimas leyendas, tan extendidas por toda Galicia, de tipo eminentemente popular, que expresan la personalidad del pueblo céltico, espiritual y fantástico.

Dicen los más ancianos del lugar que un día, hace muchísimos años, vieron los aldeanos de estos pueblos cómo hacían aquí una capilla unos hombres altos y fuertes. Les llamaban gentiles pero quizá quisieran decir gigantes, porque también llaman así a esos hombres y mujeres de cartón que todavía salen en algunas romerías y fiestas de ciertas ciudades. Se decía que aquellos hombres tenían una fuerza condenada. Tiraban un martillo desde aquí y llegaba hasta la capilla de aquel otro monte que está enfrente de nosotros.

¿Ves allí una capilla blanca? Es la capilla de la Estrella, de Monteagudo. Casi al mismo tiempo que esta, apareció también aquella, y la otra de Soandres, que es la de Santa Marta. Esta queda tan alta, que para verla desde el suelo hay que levantar la cabeza como para mirar la alta chimenea de una fábrica.

Desde las tres capillas se domina el mar y los valles como se puedan ver desde un avión. Pero la de esta cumbre donde estamos hace muchísimo tiempo que desapareció, no sé si llevada por el viento o por el abandono de los labradores que no la han reparado. De ella deben ser estas piedras que se ven esparcidas por aquí. Las demás, ya sean las de aquellos pasados tiempos u otras alzadas en su lugar, existen.

No lejos de la desembocadura del río Landrove, al norte de Vivero y cerca de la aldea de San Juan de Covas, situado a la orilla del mar, altos, tristes y oscuros, varios peñascos que, cuando los rodean las nieblas como cendales movidos por la brisa, recuerdan los fantasmas pavorosos que dan cuerpo a leyendas y tradiciones de los pueblos celtas o de las tierras escandinavas. De esas tradiciones que tienen también acogida en el espíritu lírico y nostálgico de nuestras gentes gallegas.

Las rocas de toda aquella ribera del mar, besadas suavemente por las aguas en los días de calma y azotadas con furor por los oleajes tempestuosos que se quiebran con estruendo, deshaciéndose en espumantes resacas, están rotas y horadadas, constituyendo hondos abismos, cavernas y picos estremecedores.

En la parte de aquellos peñascales que cae sobre el mar, a gran altura por encima del nivel de las aguas, en una concavidad de la costa y en un lugar donde el pie no puede sostenerse, ni la mano halla una hendidura ni un saliente donde agarrarse, puede verse una roca con una abertura extraña, pues se trata de una curva, cuya boca de forma simétrica parece una gran ventana medio cubierta por los zarzales y malezas que allí fueron a nacer, enraizadas entre las pequeñísimas grietas de los riscosos escarpados. Aquella es la que las gentes llaman <A Cova dos Encantos>, o  <Cova da Docela>.

Se dice que en aquella cueva está encantada por un rey moro una hermosísima doncella, blanca como una azucena y de cabellos rubios cual las hojas en el otoño; sus miradas lánguidas y tristes diríase que buscan en la profundidad de sus pensamientos las nostálgicas visiones de algún sueño de amor no logrado jamás, o el recuerdo de amarguras sufridas en tiempos muy remotos que hubiesen destruido ilusiones de una vida más placentera.

Bien sabido es que por una corrupción o mezcla debida al parecido de los móres (gigantes) y moros o mouros, y siendo estos más conocidos por las duras y encarnizadas luchas sostenidas contra los últimos en nuestra tierra, suele darse el nombre de mouros a los antiguos y mitológicos gigantes que, según creencia popular, habitaban en el interior de los montes. Gentiles, descreídos y hechiceros, son los causantes de tantos y tantos encantamientos y por ello se les conoce con el nombre de Encantos.

Pero hablemos de la doncella encantada en la cueva; esa infeliz doncella, bella y gentil, de cuerpo esbelto y gracioso. Quizá es una princesa, quizá es un hada. ¿Por qué fue encantada? ¿Por qué está presa en aquella cárcel de piedra inaccesible? Esto es 1o que nadie sabe, ni se sabrá nunca, porque la doncella de la cueva de los encantos no puede ser amada, no puede ser desencantada. Una vez, cierto hidalgo quiso intentar acercarse a ella, y apareció muerto, ahogado al pie de los acantilados y con la cabeza destrozada; tal vez hubiese caído cuando intentaba encaramarse por el peñascal.

Tampoco es fácil verla; porque suele aparecer sólo en la boca de la caverna, aquella ventana abierta a la vista de la gente, al alborear el día de San Juan, cuando sin casi haberse disipado todavía las nieblas de la noche, se oyen los primeros gorjeos de los pájaros.

En ese breve momento de los primeros rayos del sol naciente, puede contemplarse en aquella ventana abierta, por breves instantes, hermosa como el mismo amanecer, a la doncella peinando sus cabellos, sueltos como una madeja de oro, con un peine de rico metal brillante de reflejos, que no reluce tanto, sin embargo, como la misma belleza de aquella joven.

¡Cuántas veces las barcas de los pescadores se han detenido frente a las rocas para intentar ver en aquella única amanecida del año a la doncella que allí vive encerrada! ¡Cuántas veces algún joven y valiente pescador no trataría de trepar por los acantilados, intentando llegar hasta la boca de la cueva para descubrir el secreto de aquella aparición; pretendiendo desencantar a la hermosa doncella como una maravillosa hazaña que quizá le valiese la felicidad de toda su vida futura!

Pero hay también un romance, “La Doncella Encantada”, que se refiere al mismo encanto de la ribera del mar en la ría de Vivero; pero en é1 se habla de “Nove fadas que a sirven” y se cita también “Aquel galán garrido e feromoso coma un sol, que ten de saír das augas ao cantar do rousinol”.


Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega