sábado, 10 de octubre de 2015

UNA LEYENDA CELTA EN LA ZONA DE “A GUARDA”
















UNA LEYENDA CELTA EN LA ZONA DE  “A  GUARDA”

Situémonos en la zona de lo que hoy es A Guarda ( La Guardia ), cuna de Angelina, (madre de Joaquín y a la espera de un biznieto), hace muchos, si digo, muchísimos siglos. Cuando en esas tierras se habían asentado los Gravios (una de las tribus más poderosas del pueblo celta).
Eilleen (Bella como el sol), hija de Kendrya (El Campeón) rey de un castro, había sido prometida en matrimonio a un hombre mayor que ella encontraba repugnante.
Desafiando el deseo de su familia, se negó a casarse. En lugar de ello, eligió a Brayan (El Fuerte) rey de otro castro cercano, como su futuro esposo, a quien se le apareció una tarde mientras él se encontraba con sus compañeros cazando en un cerro cercano.
Cuando el joven vio a Eilleen, quedo encantado con la visión de la hermosa princesa vestida de brillante oro, galopando en una poderosa yegua blanca. Ella pasó por su lado sin brindarle ni siquiera una mirada. Brayan intrigado, envió a sus siervos a capturarla y le pidió que se la trajeran. Pero estos regresaron y le informaron que, aquella mujer corría con tanta rapidez que parecía que su caballo apenas tocaba el suelo y que ni siquiera habían podido ver a donde se había ido.
Al día siguiente, Brayan regresó solo al cerro y, la princesa apareció montada en su yegua, la persiguió pero tampoco pudo alcanzarla. A pesar de que su caballo corría más rápido, la distancia entre ellos siempre parecía la misma. Por último, el se detuvo y le suplicó a ella que se detuviese.
¿Si veías que venía tras de ti, por qué no te detuviste? - preguntó el rey.
Porque no me lo habías pedido. -respondió la princesa.
Eilleen entonces le hizo saber que ella había venido en búsqueda del amor. Entonces Brayan tomó las riendas de la yegua para guiarla a su castro, pero Eilleen sonrió con ternura y sacudió la cabeza, diciéndole que deberían esperar un año para luego casarse.
Eilleen regresó al año, vestida como antes, de brillante oro, para saludar a Brayan en el cerro. Él estaba acompañado por su ejército, como corresponde a un Rey en su día de la boda.
Eilleen invitó a los hombres a seguirla por el enmarañado bosque.
En poco tiempo llegaron al castro de su padre, un lugar majestuoso rodeado por un lago.
Después de la boda, se hizo una gran fiesta para celebrar el matrimonio. Pero en medio de la fiesta estalló una pelea. El hombre al que una vez se le había prometido a contraer matrimonio estaba haciendo una escena, argumentando que no se debía permitir a la joven princesa, que se case con alguien que no fuera de su pueblo.
Eilleen se alejó discretamente del lado de su marido, para hacer frente a la situación. Y usando un poco de magia, convirtió al hombre en un tejón y lo atrapó en una bolsa que tiró en el lago. Desafortunadamente, él logró escapar y más tarde volvió a causar grandes estragos en la vida de Eilleen.
Eilleen fue acogida con satisfacción por la gente de su esposo y admirada por su gran belleza y su hermoso canto. Sin embargo, dos años pasaron sin que quedara embarazada del heredero al trono. La cuestión de su sangre, su "aptitud" para ser reina comenzó a ser puesta en duda. Pero afortunadamente, al año siguiente, ella se quedó embarazada y tuvo un saludable hijo.
Una noche, cuando se despertaron, encontraron la cuna vacía, por lo que la princesa fue culpada de no poder cuidar ni de su propio hijo.
Por lo cual fue condenada a llevar sobre su espalda a todos los visitantes que fuesen a la fortaleza de su esposo (castigo habitual entre las tribus celtas). Durante cuatro años Eilleen estuvo en la puerta de castillo, contando a todos los visitantes la historia de su delito.
En el otoño del cuarto año, tres desconocidos aparecieron en la puerta. Eran un hombre bien vestido, su esposa, y un chico joven. Eilleen se levantó para saludarlos diciendo: "Señores, estoy aquí para llevarlos sobre mí a cada uno de ustedes a la corte del Rey, porque he matado a mi único hijo y este es mi castigo". El hombre, su esposa, y el niño desmontaron.
Mientras que el hombre levantaba a Eilleen, el niño le entregó un trozo de vestido de bebé. Eilleen vio que era de la tela que había tejido con sus propias manos. El muchacho entonces le sonrió y ella reconoció que tenía delante de los ojos a su hijo, Pryderi.
Cuatro años antes, durante una gran tormenta, el noble agricultor fue llamado al campo para ayudar a una yegua en el parto. Entonces oyó el llanto de un bebé que estaba abandonado, él y su esposa se quedaron con el bebé, y lo criaron como si fuera propio. Cuando los rumores de la suerte de la princesa Eilleen llegaron a sus oídos, se dio cuenta de lo que había sucedido y quisieron devolver el niño a sus padres.
La mayoría de las leyendas sugieren que el raptor fue el tejón, aquel antiguo pretendiente que enfurecido porque Eilleen lo había rechazado, había escapado y había tomado venganza, secuestrando a su bebé.
El muchacho fue reconocido rápidamente cómo hijo del Rey Brayan. La princesa Eilleen fue restaurada en su honor y recuperó su lugar al lado de su marido.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

viernes, 2 de octubre de 2015

LA LEYENDA DE LOS MARIÑOS















LA LEYENDA DE LOS MARIÑOS
En aquellos lejanos tiempos del feudalismo, allá por el siglo XIII o el XIV, vivía un conde llamado don Froyaz o Froilán, que habitaba un imponente castillo. Relativamente joven, se mantenía soltero. Era muy aficionado a la caza y solia recorrer a caballo sus extensas posesiones, dedicado a su distracción favorita, acompañado a veces por sus amigos vecinos, o bien por algunos de sus escuderos.
Una mañana que caminaba por el declive de un monte cercano al mar, atisbó junto a unas peñas de la playa el cuerpo de una mujer que parecía dormida; estaba desnuda, pero no se veían bien sus piernas a causa de unas piedras que las ocultaban.
Lleno de curiosidad, fue acercándose silenciosamente; pero, al pisar las arenas, su caballo piafó y al ruido que produjo se despertó la dama, que, al parecer, era una hermosa sirena, y se dispuso a zambullirse en el agua. Pero fue tarde; tres escuderos que acompañaban a don Froilan rápidamente la habían rodeado, impidiéndole la huida.
Uno de los escuderos se despojó de su tabardo, con el cual cubrió a la sirena; esta fue colocada sobre un caballo y conducida al castillo de don Froilán, que, prendado por la hermosura de aquella mujer, sintió estremecerse su carne varonil con una emoción y una inquietud que jamás había experimentado ante mujer alguna. Y quiso casarse con ella.
Una vez instalada en su castillo, vestida como cumplía y atendida por varias doncellas, don Froilán la hizo bautizar; y como había surgido del mar y en el mar la había hallado, consideró que ningún nombre le convenía mejor que el de “Mariña”; y Mariña fue su patronímico.
Pero doña Mariña era muda. No sabía hablar y, a pesar de los intentos de don Froilán para enseñarla a pronunciar algunas palabras, ella, por mucho que se esforzaba en decir las frases más simples, no lo conseguía, lo cual tenía entristecido al conde. Y más cuando al cabo de algún tiempo nació su hijo primogénito y vio como la madre le acariciaba con amor y le besaba con ternura, pero no le dirigía ninguna de las palabras cariñosas con que las madres suelen hablar a sus hijos; sus expresiones consistían solamente en gestos, que algunas veces terminaban en lágrimas al no poder decir con la voz toda la ternura que sentía por él.
Llegó la víspera de San Juan y, como siempre en tal día, al llegar la noche se celebró en el patio del castillo la fiesta y se encendió la hoguera tradicional. Don Froilán gustaba de ver holgarse a sus servidores y, para solazarse con las gentes de su casa, se presentó allí. Doña Mariña, que nunca había presenciado tal espectáculo, acudió también, llevando en sus brazos al hijo de sus entrañas.
Entonces, con un rápido movimiento, don Froilán arrebató al niño de los brazos de su madre y, aproximándose a la hoguera, hizo ademán de arrojarlo a las llamas. Despavorida, doña Mariña se puso en pie y profirió un grito, un grito de espanto, y clamó : <<¡Fillo!>> ( <<¡Hijo!>> ). Y con el terror que la sobrecogió hizo tal esfuerzo, que arrojó de la boca un pedazo de carne; pero habló. Y desde entonces habló normalmente.
Y todos lloraban en aquel momento, de emoción y de alegría. Y la fiesta prosiguió con mayor alborozo aún.
Y en recuerdo del hecho y por haber acontecido en aquella fecha, al niño le pusieron de nombre Juan.
A esta leyenda se refiere el conde don Pedro de Barcelos (Portugal) en su Nobiliario. Y sobre ella escribió también Teodoro Vesteiro Torres y  López Ferreira.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

sábado, 26 de septiembre de 2015

EL CONDE Y LA PEREGRINA



















EL CONDE Y LA PEREGRINA
Él era un conde llamado Munio, joven y apuesto, alegre y mujeriego.
Un día se encontró en un camino con una hermosa muchacha, que volvía de hacer el camino de Compostela. Iba sola y caminaba muy despacio como si estuviera cansada; parecía triste y pensativa.
El conde Munio púsose a su lado e intentó hablarle; pero la doncella, sin duda joven virtuosa, no le contestó ni bien ni mal, pues nada le dijo. El conde no se desanimó por eso y siguió a su lado diciéndole que, pues llevaban el mismo camino, tendría una gran satisfacción en acompañarla, no fuera a suceder que yendo, como iba, sola, pudiera encontrarse algún desalmado que pretendiese ofenderla o hacerle daño; y así, él se encargaría de ampararla y defenderla.
La joven le agradeció entonces tan estimable ayuda, que no le pareció cosa que debiera desechar, y fueron siguiendo juntos el camino.
Poco después el camino real atravesaba un bosque. El lugar solitario, la hermosura de la doncella y los deseos del conde hicieron que este cometiera con la indefensa joven un hecho vil, y la violencia se consumó.
La pobre doncella gritó en balde pidiendo socorro; pero nadie oyó sus doloridos lamentos.
Munio reíase de la infeliz y le decía:
Calla, mujer, que la cosa no es para tanto sollozar. En cuanto llegue al castillo, te enviaré uno de mis criados para que te consuele, y aun has de quedarme agradecida.
Y se fue apurando el paso, muy ufano.
Más, en esto apareció un viejo soldado de largas barbas blancas, que, a juzgar por la concha de venera (concha de vieira o del peregrino) que llevaba en el frente de su sombrero, así como las otras que mostraba su esclavina, bien claramente se veía que venía también de vuelta de una peregrinación a Compostela, siguiendo el mismo camino que la desdichada muchacha. El soldado se apoyaba en su larga y fuerte espada, como en un cayado; y acercándose a la romera, le preguntó el porqué de sus tristes lamentos y sollozos.
La infeliz le contó entonces cuál era su desgracia y cómo esta le había sucedido cuando volvía de Santiago, adonde había ido a fin de orar arrodillada ante la tumba del Apóstol para rogarle protección en su soledad y desamparo, puesto que había perdido a sus padres.
El viejo soldado, con cariñosas palabras, fue calmando su congoja y enjugando sus lágrimas y le dijo que iba a llevarla consigo a presencia del rey para ver de remediar el mal.
Y fueron los dos caminando hasta el palacio real.
Yo te requiero, buen rey, por el Apóstol – dijo el soldado – que hagas justicia a esta peregrina.
El rey mandó llevar ante sí al conde Munio y le dijo:
Por ley divina tenéis la obligación de casaros con esta joven que habéis ultrajado. Por ley humana debéis ser degollado si así no lo cumplieres; que no valen hidalguías cuando habéis faltado a Dios y a la honra de esta doncella.
Venga el verdugo – respondió el conde – mejor quiero morir mil veces que vivir avergonzado.
Sea -   dijo el rey.
Buen rey, hacéis mala justicia. No habéis juzgado bien el hecho, pues que la honra se paga con sangre; pero no se lava el pecado. Primero el conde debe casarse con la joven y después debe ser degollado.
Al hablar así, dejó el soldado su espada, se despojó de su vestidura de peregrino y apareció con el traje de un santo obispo.
El conde, arrepentido, se arrodilló a sus pies. Entonces el obispo tomo la mano de la joven y la del conde y allí mismo los declaró casados.
El conde pedía la muerte para n o verse deshonrado. El obispo lo absolvió de su pecado; aun no bien acabara de pronunciar las últimas palabras, cayó el conde Munio muerto a sus pies, librándose así de ser ajusticiado.
Y dicen las crónicas que aquel santo obispo era el mismísimo Santiago en persona, que había acudido en socorro de su peregrina.
CONCLUSION: EN AQUEL TIEMPO TAMBIEN HABIA DESALMADOS EN EL CAMINO DE COMPOSTELA.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega