sábado, 12 de diciembre de 2015

F R O R A L B A















F R O R A L B A
Fue allá por el año 710, cuando la muerte del rey Vitiza, al ser elegido don Rodrigo contra los derechos de Akhila y, vencido este, ocupó el solio reinando en Galicia.
Pero Vitiza tenía un hijo, Ebam, que no solamente quiso castigar el crimen del usurpador, sino también obtener el reino, como legítimo heredero de su padre.
Y pensándolo así, montó a caballo y se dirigió al castillo de Sobroso, para pedir ayuda al muy poderoso señor Fiz de Sarmento, fiel amigo y partidario de su padre, que contaba con muchos y buenos caballeros de Galicia, de los más ricos y que disponían de huestes bien armadas y aguerridas.
La noche era oscura, y para aumentar las tinieblas, se abriéron los cielos y llovía a torrentes. Ebam tuvo que dejar al instinto de su caballo el buscar un buen camino, aún cuando la impaciencia le consumía.
Cuando las primeras luces de la alborada empezaron a clarear, el príncipe, desde la cumbre de una colina, echó una mirada en derredor para saber dónde se encontraba. Viendo a lo lejos las torres de un castillo; era, sí, el castillo de Sobroso, bien conocido para él; y, a pesar de estar empapado, respiró fuertemente y, picando espuelas al corcel, que dio un bote, salió al galope por la ladera abajo.
Pero el caballo iba muy cansado por el ya largo viaje de la noche y en vano fue que el caballero le hincase las espuelas cuando poco después iniciaba la subida de la cuesta del monte próximo; él suelo pedregoso y escurridizo por la lluvia abundantísima hacía resbalar al animal, que se arrodillaba y vacilaba muy a menudo, hasta que, al fin, cayó para no levantarse más.
Ebam abandonó el caballo y siguió el camino a pie, ansioso por llegar a la cima en que se alzaban los muros del castillo.
Pronto vio asomarse a las almenas algunas gentes. Sin duda, se habían apercibido de su llegada y querían ver quién era el que se dirigía al castillo
¡El príncipe Ebam! gritó, una vez llegado ante la puerta que todavía estaba cerrada, Decidle aI conde...
La puerta fue abierta en seguida y el conde en persona salió a darle la bienvenida con cariño y deferencia.
Ya en la sala principal del castillo, en la cual un mozo encendía fuego en la chimenea para que el señor príncipe pudiera calentarse y secar las ropas, y en tanto le presentaban una humeante taza de leche con miel, el conde le preguntó:
¿Cómo es que Vuestra Alteza viene solo y de tal guisa? ¿Qué es lo que ha traído a mi señor hasta este rincón de la tierca?
Vengo a pediros amparo y ayuda, conde. Un traidor, don Rodrigo, se ha alzado en armas; cogiendo por sorpresa a nuestro rey y dándole muerte, ocupó su lugar. Sé cuánto queríais a mi padre y cuál era vuestra lealtad para con él...
Contad conmigo y con mis leales, señor -respondió el conde.
Y al momento empezó a dar órdenes para enviar emisarios, lanzar llamadas a las armas y organizar él mismo las huestes.
Antes de marchar, el conde le dijo al príncipe:
-Señor; permaneced en el castillo en tanto yo voy a disponer nuestras fuerzas. Vos sois el dueño y señor de todos mis dominios y servidumbres.
Pero, cuando a los pocos días volvió el conde de Sobroso a su castillo, se encontró con que el príncipe Ebam había desaparecido. ¿Cómo? ¿Por qué?
Una cruel noticia vino a herir su espíritu y su corazón. Al partir, el príncipe Ebam había llevado consigo a doña Froralba, la hermosa mujer de aquel a quien había ido a pedir auxilio.
El de Sobroso pidió perdón a los amigos y caballeros de su casa por la molestia que les había causado, haciéndoles saber el motivo que le obligaba a suspender la acción que se había propuesto emprender. Después se encerró en la soledad de la torre, considerando aquella otra traición de la que él mismo había sido objeto.
¡Siempre la ambición gobernando a los hombres! -pensaba-. ¡Ambición de poder, ambición de riqueza, ambición de la mujer ajena! y estas ambiciones ruines dominan y avasallan a los pueblos. Matan, destruyen sin duelo, sin respeto a los derechos de los demás, sin estima de la propia dignidad...
Pasados algunos días, se vio a una mujer acongojada arrodillarse ante la puerta del castillo.
¿Quién es esa mujer? -preguntó el conde.
Es doña Froralba -respondiéndole-. ¡Infeliz, desdichada!
¿Viene Por arrepentimiento?
Viene porque ha sido abandonada por eI príncipe.
Si hubiera venido arrepentida, tal vez la recogiera; viniendo porque el príncipe la abandonó, no puedo hacer nada por ella.
 Asi pasó Froralba todo el día, siempre arrodillada ante la puerta; siempre llorando sus pesares.
Con las primeras oscuridades de la noche, Froralba se irguió, aunque apenas podía sostenerse en pie; pero, apoyándose en los muros del castillo, va caminando alrededor de su antigua morada, llorando y llamando al conde su esposo. Pasada la media noche, Froralba sigue llorando, entre sollozos y congojas, arrastrándose al pie de los muros, porque ya no tiene fuerzas para caminar. Al rayar el alba aún se escuchan los débiles lamentos de la desgraciada. Después, nada: el silencio absoluto.
Cuando las puertas del castillo se abrieron al nuevo día, ya levantado el sol, fue recogido y enterrado silenciosamente el cadáver.
¡Ambición de poder, ambición de riqueza, ambición de la mujer ajena! y estas ambiciones ruines dominan y avasallan a los pueblos. Matan, destruyen sin duelo, sin respeto a los derechos de los demás, sin estima de la propia dignidad...
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

sábado, 5 de diciembre de 2015

EL CASTILLO DE SOBRADA















EL   CASTILLO   DE   SOBRADA

En Sobrada, hoy del ayuntamiento de Arcos, en Otero de Rey, no hace muchos años que se veían aún restos del antiguo castillo feudal, donde, según la tradición, aconteció una tragedia.
Allá por el siglo XI, cuando el rey Alfonso VI luchaba valerosamente contra los moros, uno de los condes gallegos que no tenía ya resistencia ni ánimo para cabalgadas y guerras debido a sus muchos años, envió a su hijo, hombre varonil, fuerte y arrojado, al frente de veinte lanzas y cerca de doscientos vasallos bien armados.
Llevaba ya mucho tiempo ausente el joven Ruy de Sobrada, que tal era el nombre de aquel viejo y noble señor de la comarca de Arcos, cuando llegaron noticias al castillo de que la madre de doña Sancha, la esposa de Ruy, estaba muy gravemente enferma, hasta el extremo de ya no contarse con ella.
Después de pedir licencia a su suegro, doña Sancha emprendió viaje hacia el castillo de sus padres, acompañada de algunos antiguos servidores y llevando consigo al enano Alcoucel, que era para el viejo conde don Outel como el mejor perro de guarda para custodiar a su nuera.
Estaba una tarde el viejo señor de Sobrada contemplando tristemente la campiña desde la ventana de la torre donde tenía su morada; era la víspera de su ochenta aniversario y pensaba en el hijo que andaba guerreando contra los moros y del cual hacía ya mucho tiempo que no tenía noticias.
De pronto, se estremeció al oír la bocina que Alcoucel, sin duda, hacía sonar en las almenas del castillo.
¿Llegaba, pues, de vuelta su nuera?
Pero ¿por qué Alcoucel hacía aquella señal de alarma?
Al poco tiempo, vio entrar en la estancia al enano.
¿Qué quiere decir ese triste lamento de tu bocina? -le preguntó don Outel.
Quiere decir, señor mi amo, que debéis desconfiar de la señora doña Sancha, vuestra nuera.
Cuenta -le ordenó el viejo conde; y su mirada se anubló y las arrugas del temor trazaron surcos profundos en su frente y sus cejas se fruncieron.
Hace cuatro días llegó al castillo de Mirás un caballero; sólo llevaba consigo dos mozos bien armados, eso sí, pero su traza era de gente que parecía inspirar poca confianza. El caballero, que usaba una armadura oscura, ya un poco abollada, y sin escudo ni marca alguna, pidió asilo. Después de descabalgar, habiéndose enterado de que la anciana señora había fallecido en aquellos días, solicitó ver a la señora hija, doña Sancha, con la cual estuvo hablando a solas...
Pero, ¿quién era aquel caballero? -preguntó don Outel.
Nadie lo sabe. Yo apenas le he visto. Es un hombre requemado por el sol, muy barbado, de barbas negras y ojos brillantes...
¿Y después?
Permaneció en Mirás hasta que salimos para Sobrada; y a Sobrada ha venido, mostrándose siempre muy cariñoso y servicial con la señora condesa.
¿Está aquí? ¿Cómo no se ha presentado ante mí?
No lo sé, señor mi amo.
¿Dónde está?
En la torre del sur.
¡En la torre del sur! Es allí donde habita la condesa.
El caballero se alojó en el otro piso.
¡Oh! Pero eso... -y murmuró colérico-: ¡Juro a Dios que la honra de mi hijo será vengada!
La señora condesa doña Sancha, después de saludar a su suegro, se retiró a su habitación. Venía muy cansada del viaje y muy afectada por la dolorosa pérdida de su madre. Apenas reparó en la frialdad con que el conde la había recibido. Una gran alegría interior absorbía toda su atención, todo su interés.
Ya en su aposento, habla con sus doncellas de la sorpresa que guarda para su suegro en el próximo día de su cumpleaños. A pesar del reciente luto, piensa en la felicidad que habrá de traer para todos el nuevo día.
De pronto se oyen gritos: ruido de algo pesado que ha caído, Y casi al momento entra en la sala don Outel de Sobrada. Sus ojos relumbran como si chispearan; sus manos tiemblan; su boca no se sabe si ríe o hace una mueca de asco, de cólera o de pavor.
El conde coge violentamente de las manos a su nuera y tira de ella, casi arrastrándola hasta la ventana.
¡Mira para allí! -le dice con voz ronca y furiosa, mostrándole at pie de la torre, sobre las losas del patio, el cadáver de un hombre.
La condesa doña Sancha, en un estremecimiento de horror, grita entre sollozos:

-¿Qué ha hecho, señor? ¡Ha matado a mi marido! ¡Ha matado a su hijo!

Desconfia de tus impulsos, piensa

Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega


viernes, 27 de noviembre de 2015

LA DAMA DEL MONTE DAS CROAS















LA DAMA DEL MONTE DAS CROAS

En el monte << das Croas >> (Salcedo, Pontevedra) estaba encantada hace mucho tiempo, quizá siglos, una joven de gran belleza. Su morada era un pazo que existía en el interior del monte referido, en el cual se guardaba el tesoro del mouro o gigante que la tenia encantada. Eran muchos los que deseaban encontrar aquel tesoro, pero nadie descubría la caverna o entrada por donde se podía entrar en aquel pazo.

La dama, señora o hada encantada aparecía algunas veces a la vista de los hombres que iban por el monte antes de rayar el sol; pero tampoco nadie se le acercó jamás, porque como era cosa de encantamiento, sentían cierto recelo; así que huían de ella.

Una vez la vio un niño que conducía las ovejas de su padre, y parece ser que estaba aquella señora sentada sobre una piedra, peinándose los cabellos con un peine de oro. La hada le llamó y pidió que le diera un cordero; pero el niño no le respondió y huyó asustado. Llegó a casa y, tartamudeando por el miedo que llevaba y también por la carrera que se había dado, contó a su padre cómo había visto la hada del monte y esta le había pedido un cordero.

Entonces, el padre dijo al muchacho que volviera al monte y le diera el cordero a aquella señora, no fuera que tomara a mal que se lo negase y después perdieran todo el rebaño o les viniese alguna otra desgracia.

El pequeño volvió entonces al monte; pero cuando llegó, ni vio las ovejas ni vio a la señora. Se echó a llorar; se dedicó luego a registrar todo el monte a ver si encontraba las ovejas y gritaba llamándolas. Después de mucho buscar, como no las encontraba, cuando se iba ya para casa, de pronto, vio delante de sí mismo al hada, que llevaba sus ovejas y esta dirigiéndose a é1, le dijo:

Non teñas medo pol-as ovellas, que eu chas guardaréi; mas, vas ire outra vez â tua casa e dislle a teu pai que veña, que teño de lle falar.
( No tengas miedo por las ovejas, que yo te las guardaré; pero, ve otra vez a tu casa y dile a tu padre que venga, que tengo que hablarle. )

Entonces el niño volvió junto a su padre y le dijo que el hada del monte das croas quería hablarle y que fuera en su busca. EI padre, aunque muy receloso, fuese hacia el monte pensando en 1o que podría acontecerle, puesto que todo era cosa de encantamiento.

Pero la señora, cuando lo vio, le dijo que se acercara a ella sin temor alguno, que nada malo había de pasarle, sino que, por el contrario, si guardaba el secreto de lo que ella iba a decirle e hiciera lo que le ordenase, tendría muchos bienes y venturas.

El caso fue que desde entonces el hombre se hizo rico en poco tiempo, pues su hacienda aumentaba y las cosechas le producían unos rendimientos muy superiores a los de todos los demás. Se decía, que el hombre aquel era quien llevaba al monte das croas todo cuanto precisaba la señora encantada para su sustento, aun cuando él nada decía, ni cosa alguna respondía si le preguntaban algo que con ello se relacionase.

Un día aquel hombre enfermó; tan grave se puso, que ya no se contaba con é1 y todos le daban por muerto. Pero sucedió que mientras su mujer tuvo que salir de casa para atender su hacienda, sin que nadie supiera cómo, la hada del monte das croas le salió al paso y le preguntó cómo estaba su marido. La mujer no le respondió y como le tomo miedo; salió corriendo a todo correr. Pero cuando llegó a su casa vio con espanto a la señora junto a la cama y que su marido había mejorado de tal modo, que ya no parecía encontrarse en el grave estado de antes.

Cuando marcho la hada, la mujer preguntó a su marido cómo aquella señora había ido hasta allí y qué le había hecho para que se encontrara tan mejorado; pero él no quiso decirle nada acerca de esto. Pero tanto y tanto porfió la mujer, que al fin le contó cuanto había sucedido desde que la vio en el monte, así como los remedios que le aplicó con unas hierbas que había traído.

¡Desgraciado! Se dijo que tal vez por hablar de más quebrantando el secreto, al día siguiente apareció muerto; y parece ser que tenía todo el cuerpo como si hubieran estado apaleándole, lleno de magulladuras y cardenales.

Los secretos si no los guardas, traicionas al que te lo cuenta.

Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega