viernes, 11 de marzo de 2016

LA DONCELLA CIERVA















            LA DONCELLA CIERVA            

Me relataron esta leyenda hace varios años; me ha sido relatada en Doiras, al pie de la colina en que se levanta el castillo feudal conocido con el nombre del lugar.

Se dice que hace muchos años, cuando todavía los abuelos de nuestros abuelos no habían nacido, vivía en un castillo de tierras de Cervantes (hoy de la provincia de Lugo, partido judicial de Becerreá) un señor llamado Froyás, de ya más que media edad que tenía dos hijos: el mayor, varón, tenía por nombre Egas y su hermana, Aldara.

Los dos hermanos se querían mucho, y aun cuando la tierra es muy fragosa, algunas veces iban juntos a dar un paseo a caballo.

Aldara, que era una hermosa doncella, tenía un enamorado admirador, el joven Aras, hijo del señor de otro castillo de la misma comarca, y como sus padres no se llevaban mal entre sí, parecía que el casamiento no habría de tardar mucho tiempo en efectuarse.

Pero una tarde, a la hora de la comida no apareció Aldara en su lugar habitual. Preguntó su padre por ella, y preguntó también el hermano. Nadie supo decir nada, nadie sabía dónde podría hallarse. Se registró todo el castillo de arriba abajo; pero Aldara no apareció. Al fin, un ballestero que había estado de guardia en la puerta del castillo, dijo que la vio salir, al mediar la mañana, y que le pareció que iba hacia el riachuelo que corría al pie del monte en el cual se asentaba el castillo.

Temiendo una desgracia, allá fueron padre e hijo, con escuderos y criados, a recorrer la ribera. Pero nada pudieron encontrar a pesar de sus detenidas y minuciosas pesquisas.

Enviaron entonces un mensajero al castillo de Aras. El muchacho se presentó desconsolado, acompañado de sus gentes, y todos juntos emprendieron una búsqueda general por los montes y bosques de los alrededores y por las pallozas y caseríos; pero sin obtener mejor resultado.

Después de algunos días de indagaciones inútiles, y ya dada por definitivamente perdida Aldara, pensaron que podía haber sido muerta por algún jabalí o por algún oso, o tal vez destrozada y comida por los lobos.

Transcurrió mucho tiempo; ya nadie se acordaba de Aldara, de no ser su padre y su hermano, que todavía la añoraban a pesar de considerarla muerta.

Un día Egas, andando de caza, llegó a un bosquecillo de la montaña en busca de algún urogallo. Cuando volvía hacia el castillo con una pieza colgada de la cintura, quedó sorprendido al ver una hermosa cierva blanca como el campo de la nieve que retozaba plácidamente.

Armó apresuradamente la ballesta y con certero tiro envió una flecha a la cierva que, herida de muerte, cayó derribada sobre la hierba.

Fue tan rápido el encuentro, que no pensó en que estando solo y a pie no podría llevar aquella preciosa carga. Entonces, con su cuchillo de monte cortó una de las patas delanteras de la cierva, la guardó en su zurrón y, observando bien el lugar en donde se hallaba, pensando en volver con los criados que pudieran recoger y transportar la cierva, siguió camino del castillo. Cuando llegó, contando a su padre tan extraordinaria caza, sacó del zurrón la pata de la cierva.

Ambos quedaron horrorizados: en lugar de la pata, lo que Egas halló en la bolsa fue una mano; una mano fina, blanca, suave; una mano de doncella hidalga. Y en uno de los dedos de aquella mano lucía un anillo de oro con una piedra amarilla. El anillo que llevaba Aldara.

En seguida corrieron en loca cabalgada monte arriba, hasta el lugar donde Egas había derribado la cierva. Allí estaba, tendida en el suelo, la infortunada Aldara, con su vestido blanco en el que, junto al pecho, una gran mancha de sangre señalaba el lugar donde la flecha había herido el corazón de la joven. Y en un brazo faltábale Ia mano.

Aldara había sido, sin duda alguna, encantada en figura de cierva y sólo con la muerte recobró su cuerpo de doncella.

¿Qué gigante, qué mago la encantó y por qué? Jamás pudo saberse.

Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

viernes, 4 de marzo de 2016

LA PEÑA DE CONSTANZA
















LA PEÑA DE CONSTANZA

Gómez Pérez das Mariñas fue un caballero de los más acaudalados señores de las Mariñas de La Coruña y de Bergantiños, con pazos y casas fuertes o castillos y muchísimos vasallos.

Este Gómez Pérez tenía una hija, doña Constanza, que casó con López Sánchez de Ulloa y de Moscoso. Pero este, al decir de las crónicas, “non era para têr xerazón ( no era para tener generación), o, como solían comentar las gentes, “no valía para marido”, por lo cual doña Constanza se separó de él, volviendo a casa de sus padres.

Grande fue el disgusto que tuvo por esto el viejo señor Gómez Pérez; pero las razones que le expuso su hija eran bastantes para justificar tal decisión y había que darla por bien hecha.

Un día llegó al castillo de Gómez Pérezel caballero Fernán Pérez Parragués, quien, de jovencito, había sido paje de aquel, siguiendo la costumbre adoptada entre los grandes señores, que solían enviar sus hijos a la morada de alguno de sus compañeros amigos, para que fueran educándose a su lado y aprendiendo cuanto convenía a su condición, apartados de la casa paterna, empezaban como pajes para ser luego escuderos hasta que, más tarde, pudieran, con algún hecho notable, obtener el título de caballeros.

Gómez Pérez das Mariñas dispensó a su antiguo paje o doncel un afectuoso acogimiento. Fernán Pérez Parcagués había quedado viudo por fallecimiento de su esposa, que era hija de Fernán Díez de Ribadeneira;  quizá su visita no tenía solamente el deseo de saludar a su antiguo señor; posiblemente, en el recuerdo de su primera estancia en el castillo de Gómez Pérez tenía una gran importancia una joven rubia que actualmente era una hermosa mujer.

Lo cierto es que poco después de esta visita, doña Constanza y Fernán Pérez Parragués se casaban; pero se casaban en secreto, sin que lo supiera el padre de aquella.

Algunas veces, doña Constanza se trasladaba a la Coruña para ver a su esposo; otros días era don Fernán el que iba a Bergantiños cuando tenía saudades de su mujer.

Se dice que estos viajes casi siempre se hacían por mar y que embarcaban o tomaban tierra en las playas de Balcoba o de Barrañán.

Un día, doña Constanza esperando la llegada de su marido; impaciente por verle, se acercó a la playa y, fuese por parecerle que podía ver más pronto la barca en que habría de venir su esposo, o porque acostumbraban a emplearlo para mejor balar de la lancha a tierra, se sentó en un gran peñasco que hay en el arenal.

Con la impaciencia, fijos los ojos en la lejanía del mar, no se apercibió doña Constanza de que subía la marea y la peña iba quedando entre las olas sin posible comunicación con tierra firme.

Empezaron las salpicaduras del oleaje a rociar sus vestidos; la humedad se dejó sentir con el frío del agua y la brisa del atardecer, y fue entonces cuando doña Constanza, despavorida, vio el peligro en que se encontraba.

Nadie se veía en aquellas soledades. ¿Cómo huir de allí?. La muerte la aguardaba en aquel peñasco para ella tan querido. Gritó pidiendo socorro; pero fue en balde...

Echó una última mirada a lo lejos en la desesperación de su impotencia. ¡Ah! Una barca navegaba a toda vela, rompiendo las olas que despedían espumas fosforescentes; en ella venía otro corazón ansioso.

Sí, era don Fernán, que se acercaba.

Ya las aguas del mar mojaban los pies de doña Constanza y la noche empezaba a extender su capa de oscuridad sobre el mar y la tierra cuando la lancha atracó junto al peñasco. Un dulce y alegre abrazo de hombre y mujer, vuelta a embarcar juntos y a trasladarse en seguida a la playa. Luego, caminar a toda prisa hacia el pazo...

Parecía que ninguna otra consecuencia pudiera tener este acontecimiento, y sin embargo, la tuvo.

Al enterarse el señor Gómez Pérez de que su hija se había casado en secreto con Fernán Pérez Parragués, se consideró humillado y ultrajado y desde entonces cubrió su cabeza con una capuza negra, que no se quitó jamás hasta su muerte.

Desde entonces aquel peñasco de la playa fue llamado <<La peña de Constanza>>.

Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

viernes, 26 de febrero de 2016

EL HOMBRE LOBO III


















EL   HOMBRE   LOBO   III

Vivía -hace muchísimo tiempo- en una aldea de las montañas de Cervantes (provincia de Lugo) un hombre, arisco de carácter, que se irritaba por cualquier cosa y juraba y maldecía que daba miedo.
Este hombre tenía un hijo que era ya un mozallón, buen muchacho, amigo de las mozas y de las fiestas y romerías, aun cuando no le volvía la espalda al trabajo. Solía decir que <<cada cosa a su tiempo>>, y de acuerdo con esta máxima procedía.
Pero su padre quería tenerlo siempre tirando del azadón y no le gustaba que el muchacho tratara de divertirse; porque las parradas gastan las fuerzas que se precisan en el trabajo. Un día discutieron padre e hijo porque el muchacho pretendía ir a la fiesta de Pedrafita y el viejo insistía en que fuese a quemar un monte pata roturarlo.
-El dia de fiesta no se trabaja, que es pecado -decía el mozo-; si el trabajo no se hace un día, se hace otro; pero, la fiesta, pasado el día, paso la romería, y la fiesta se pierde.
-Lo que no se hace es ir de fiesta, cuando hay un trabajo que atender.
Ninguno de los dos cedía. Al fin el padre, irritado, gritó: -¡Vete de fiesta, y como andas tras las mozas, así permita Dios que andes tras las lobas!
Nunca tal hubiera dicho.
Una noche el mozo despertó; se sentía inquieto, desasosegado, no tenía parada, y terminó poniéndose los pantalones y saliendo a la calle. Como si una fuerza extraña lo empujara hacia el monte, se echó a caminar por el declive arriba. Llegó a un pequeño prado y se revolcó sobre la hierba humedecida por el rocío de la noche. ¿Por qué hacía aquello? No lo sabía. Pero aconteció que cuando intentó levantarse, no pudo hacerlo; estaba a cuatro pies y a cuatro pies corrió hacia la cumbre del monte, aullando como un lobo, y tras de las lobas anduvo como un perro rabioso.
En la aldea se habló mucho de la desaparición del muchacho.
Se habló también de un lobo muy grande que había degollado muchos corderos y herido a varios carneros.
El padre del mozo desaparecido empezó a pensar en el caso; recordaba su maldición, y se estremeció. ¿Aquel lobo podría ser su hijo?
Y se fue a ver a una viejecita muy vieja, que decían que era meiga, y le contó el caso.
-¡Ay hombre! – le dijo la vieja -, ¡la maldición del padre es lo peor que puede haber para un hijo! Un padre no puede maldecir su propia sangre.
Pero, para tranquilizarlo, dijo:
-Pero si ese lobo es tu hijo, hay un remedio para volverlo a la vida de los humanos-
Y le explicó que, con todo, no era cosa fácil, porque uno de los dos podría morir, ya que el hijo, convertido en fiera, había perdido todo el sentido de los hombres.
-¿Y, que debo hacer entonces? preguntó el padre.
-Ve si puedes hacerle sangre, pero que no sea cosa de muerte, ni siquiera de mutilación, porque si le hicieras mucho daño, ese mal le quedaría al recobrar su ser-.
Salió pensativo el viejo de casa de la meiga y mucho caviló, de vuelta hacia su vivienda, cómo habría de proceder. Pero, aun cuando se viera en peligro de muerte, mejor quería morir que saber a su hijo perdido de aquella manera.
A la noche siguiente decidió ir en busca del lobo. No quiso llevar más arma que un cuchillo, para evitar un peligro mayor, pero llevó consigo un corderillo, al cual ató al pie de un tojal, tras el cual se ocultó él, entre unos brezos, con el cuchillo en la mano.
A media noche vio cómo el cordero se estremecía y agitaba y supuso que el lobo se acercaba. Después oyó un ligero golpe, como de alguna cosa que caía; tal vez el salto del lobo para acometer y el patalear del animal... Arrastrándose muy despacio y calladamente, se acercó. ¡Allí estaba el lobo! Clavaba los dientes en las carnes blandas del cordero sin apercibirse de su presencia.
Como temiendo herir de más, clavó en el lomo la punta del cuchillo, que tiró en seguida al suelo. El lobo se revolvió enseñando los dientes. El hombre le echó los brazos al cuello, llamándole: ¡Hijo, Hijo!; y le pidió perdón, sollozando.
Entonces la piel del lobo empezó a abrirse por la herida y, como si fuese una piel postiza, iba desprendiéndose del cuerpo.
Una sacudida, un revolcarse entre los brezos y los tojos, y el muchacho recobraba el ser, desfallecido, pero tal como era antes de ser maldito por su padre.
Esta leyenda fue recogida por mí en las montañas de Cervantes, el año 1.963, y en gallego, naturalmente.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega