domingo, 8 de mayo de 2016

LAS BOCAS DO SANGUE










LAS BOCAS DO SANGUE
A mano derecha del camino que va de la villa de Ares a Mugados, y como a un cuarto de legua de andadura, se hallan ocultas entre zarzales y malezas, a la orilla de la falda de una colina, unos grandes agujeros como pozos a nivel del suelo, que la gente conoce por el hombre de <<As Bocas do Sangue>>. Y dícese que de aquellos agujeros salen, o salían en otros tiempos, unos extraños rumores que, para aquellos que los oían, eran como signo de mal agüero.
Era por los últimos años del siglo XIV, cuando el señor de Andrade gobernaba sus tierras de Puentedeume, en donde aún puede verse la torre de su morada, así como también las ruinas de su castillo de Nogueirosa.
Tenía el de Andrade entre sus servidores un mozo robusto y varonil, llamado Fortún, de veintitantos años, al que correspondía el privilegio de acompañarle en sus cacerías y aun en las ocasiones de guerra cuando era preciso.
Fortún, andaba tras de una muchacha de la aldea que tenía por nombre el de Maruxa y era rubia como una espiga de trigo y tan sencilla y blanca de cara como las azucenas. Los dos hacían una buena pareja, y se casaron.
Pero, un hidalgo emparentado con el señor de Andrade, por nombre Fernán Pérez de Souto, se enamoró de la mujer de Fortún y, con regalos que a ella le complacían y con palabras de afectada delicadeza que su marido no solía dedicarle, fue engatusándola hasta que logró hacerla suya.
El bueno de Fortún nada sospechaba. Contemplaba embobado a su mujer, que cada día estaba más hermosa y mejor vestida y alhajada; pero como parecía ser hacendosa y bien dispuesta, y solía mostrarse cariñosa y sonriente, el hombre vivía feliz. Hasta que un día, una vieja vecina (ellos vivían en Ares) encontró a Fortún en el camino y le dijo:
-Fortún, Te voy a decir una cosa, y no lo tomes a mal, te lo digo por tu bien.
-Hable, señora Andrea, le agradeceré saber de lo que se trata.
- ¿No te has percatado que tu mujer viste ropas muy caras y alhajas de mucho precio?
-Señora , mi mujer es hacendosa y limpia y yo le entrego todo lo que gano, ella lo administra y muy bien.
-Escucha. En Ares todos saben que, cuando tu no vienes a causa de tu trabajo, se aprovecha para hacerle compañía un hidalgo durante la noche.
-¿Es cierto eso? Grito Fortún.
-Te lo juro, dijo la vieja.
-Te agradezco que me lo hayas dicho.
Pero hombre fuerte y acostumbrado al rudo sufrimiento de las luchas guerreras, logró acallar sus amarguras y dominar sus ansias de venganza y castigo, hasta poder coger juntos a los dos amantes para no exponerse a cometer una injusticia.
Un día le dijo a su mujer que tenía que salir con su amo el señor de Andrade para Villalba y que estaría fuera toda la semana. Pero se quedó en Puentedeume sin ir a casa dos días. y, al tercero se fue de noche para Ares. Llegó antes de salir el sol y se ocultó frente a su casa.
Pasó algún tiempo y al  amanecer, en la casa se abrió una ventana, poco después la puerta y en ella apareció el bulto de un hombre envuelto en una larga capa oscura. Fortún sintió sus huesos ateridos por el frío; pero, con el odio quemándole las venas, preparó silenciosamente su ballesta.
-Adios amor mio- dijo la voz del hombre dirigiéndose a alguien que estaba dentro de la casa.
-Adios, hasta la noche- le respondió Maruxa
-Estes días son nuestro por entero, don Fernán, tenemos que aprovechar.
Y en la puerta se dieron un último abrazo y besos de despedida. Después, Maruxa cerró la puerta y el hombre se dirigió al cobertizo para montar en caballo que tenía amarrado allí.
Fue entonces cuando Fortún disparó su ballesta. Un pequeño grito, un <<¡Ah!» de dolorosa sorpresa, de asombro; un suspiro de dolor y de muerte, y el hombre que se derrumba sobre el suelo blanquecino de la helada.
Fortún se acercó a la casa y llamó a la puerta.
-¿ Quién es ? --preguntó la voz de Maruxa.
-¡Abre, soy yo, Fortún!
La mujer acudió a abrir y, con los ojos desorbitados por el terror, exclamó:
-¡Tu aquí a esta hora!
-¡Yo!, para castigarte y a la vez a tu amigo, que ya pago su culpa.
-¡Fortún!
-¡Descastada, mala mujer!.
Y le clavó un puñal en el corazón sañudamente.
Después desató el caballo de don Fernán Pérez, cargó en él los cuerpos de los dos amantes y se fue camino de <<As Bocas do Sange>>' en donde arrojó los cadáveres. Hecho esto, montó en el caballo y se alejó hacia los montes.
Mucho se habló en el castillo de Andrade, y mucho se habló también en Ares acerca del extraño caso de haber desaparecido el capitán don Fernán, Fortún y la mujer de este, Maruxa. pero nadie supo por qué ni cómo había ocurrido aquello.
Pero, pasado algún tiempo, empezó a notarse por toda la comarca de Puentedeume que una cuadrilla de ladrones había asaltado varias casas, que robaban a los curas de las parroquias, a los labradores ricos y hasta a los mismos hidalgos. y toda la gente andaba con miedo.
Un día que había salido de caza el señor de Andrade con algunos hidalgos de su casa, cuando después de dar muerte a dos jabalíes volvían hacia el castillo, hallaron cerca de un riachuelo a dos hermanos, sobrinos de don Fernán Pérez, el desaparecido capitán de Andrade. Ambos estaban , al parecer muertos; pero a uno de ellos todavía vivo, le quedaban alientos para decir que habían sido asaltados por cuatro o cinco hombres bien armados y que uno de ellos era Fortún; y ya con mucha dificultad, añadió que este jurara matar a todo aquel que tuviera sangre de don Fernán Pérez de Souto, para castigar el daño y la desgracia que este le había causado.
Sabido esto por el señor de Andrade, dispuso que una tropa de ballesteros y lanceros, batido y derrotado, Fortún se vio acorralado y tuvo que huir, y gracias que conservaba el caballo de don Fernán para salvarse, sin que pudieran apresarlo, como les aconteció a sus compañeros.
Pero a pesar de eso, Fortún, cercado por sus perseguidores que también iban a caballo, tuvo que seguir el camino de Mugardos y, al llegar ante las <<Bocas do Sangue>>, sintiéndose perdido, prefirió darse la muerte por sí mismo antes que dejarse ahorcar, y dirigiendo el caballo hacia las espantosas cuevas, se arrojó a una de ellas, yendo a estrellarse en las profundidades de la sima.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

sábado, 16 de abril de 2016

EL BUEY MUGIDOR










EL  BUEY  MUGIDOR

En una laguna que hay en el lugar llamado Reirís, perteneciente al ayuntamiento de Santa Eugenia de Rivaira, dícese que fue sumergida una antigua ciudad. Varias leyendas se cuentan acerca de ella; una de ellas es la conocida por «O boi bruón>>, o sea <<El buey mugidor>>, que hoy voy a relataros.
Algunas veces, al pasar cerca de la laguna del Carregal, pueden oírse los bramidos, más que mugidos, de un buey colosal que parece estar sumergido bajo las aguas; y aun se cuenta que en la superficie pueden verse unas burbujas como un ligero borbollar, como si al respirar el animal saliese a la superficie el aire expulsado por sus potentes pulmones.
A esta leyenda se refiere el licenciado Molina en su libro Descripción del Reino de Galicia, publicado el año 1550.
Se cuenta que, allá por tiempos muy remotos, había en aquel lugar un palacio real, y alrededor de él, las casitas de los siervos; y se llamaba aquella población la ciudad de Reirís.
Toda la gente quería mucho a la hija del rey, que era muy sabia, buena y hermosa. Ella ayudaba a los pobres y les daba de comer, no de las sobras de las comidas del palacio, sino de los mismos manjares que para las gentes del palacio se cocinaban. Y atendía y ayudaba a los enfermos; y enseñaba a los niños muchas cosas, como cuentos, adivinanzas y juegos.
El invierno era muy frío y de muchas nieblas y heladas; y un día de aquellos de muy crudo invierno, llegó al palacio del rey un moro muy bien portado, pero que iba aterido por el frío. Y la hija del rey se apiadó de él y le dijo que entrara y que se calentara al fuego de su chimenea, en la cual ardía una buena fogata de leña de roble. Y después le dio de comer y de beber.
Aquel moro se enamoró de la princesa y le dijo que quería casarse con ella porque, además de ser lindísima, tenía muy buen corazón. Pero el rey repuso que no quería nada con moros, que eran gentiles y mágicos, y que su hija se guardaba para un príncipe que fuese blanco y rubio como ella y que fuese también leal y valiente y supiese manejar la espada y la lanza, sin usar de ardides ruines ni de encantamientos.
Tomó muy a mal el moro esta respuesta; pero dijo que también quería saber lo que la princesita decía de todo aquello.
Y la princesita le replicó que una cosa era ayudar a quien lo precisara sin mirar quién era, y otra entregarse sin amor a un hombre que ni por la alcurnia, ni por la gentileza, era pana emparejarse con ella. Porque la verdad es que aquel moro ni siquiera era joven.
-¡Os ¿arrepentiréis! -bramó el moro irritado. Y con la misma se levantó y salió del Palacio.
Pero entonces empezó a temblar la tierra y el palacio a moverse como los árboles cuando sopla el viento fuerte; y toda la gente, horrorizada y llena de miedo, huía. Y en la pequeña ciudad también la gente huía empavorecida porque las casas se derrumbaban y las fuentes brotaban tan enorme caudal de agua, que corría por las calles como los grandes arroyos originados por las grandes lluvias de invierno.
Y el rey, al huir con su hija en un caballo, vio que el moro contemplaba, desde un peñasco que había en una altura del monte, toda aquella ruina, y se reía de todo aquel mal que había provocado como una burla cruel para vengarse de ellos. Y entonces el rey empuñó la espada y dirigió su caballo a todo galope hacia el moro, que, con el gozo de lo que veía, estaba despreocupado. Pero, cuando oyó el galopar del corcel, sintió miedo y pretendió huir; y, como ya no era joven, no podía correr y entonces se convirtió en toro; pero el rey con su caballo le fue atajando todas las vueltas e, impidiéndole las salidas, y le obligó air hacia la ciudad ya medio sumergida. Y la princesa, arrojando sus joyas a la laguna que iba cubriendo las ruinas de la ciudad, pidió ayuda a sus buenas hadas diciendo:
-¡Ayuda os pido, mis buenas hadas! ¡Que ese moro traidor y malvado no salga jamás de las ruinas y de las aguas que causó con su maldad y que pene para siempre en lo más hondo del lago !
EI moro, sin perder la figura de toro, fue sumergiéndose en el agua y empezó a dar grandes saltos para tratar de escapar; pero, en vez de salir afuera de la laguna, más y más se metía en ella hasta que, bramando de pavor, desapareció entre las aguas.
El rey, la princesa y la gente toda, que afortunadamente pudieron salvarse de aquella destrucción, se fueron de allí con sentimiento por los bienes perdidos, puesto que dejaban cuanto habían tenido.
Pero asentaron en otro lugar y pronto establecieron una nueva ciudad, aun cuando no se sabe con certeza cuál es de las villas que existen por los alrededores de la laguna.
Y, por lo que hemos narrado, dícese que se oye en ciertos días cómo sale de aquellas aguas el bramido del toro en ellas sumergido.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

sábado, 9 de abril de 2016

EL PUENTE DE RUZOS O PUENTE DEL PASATIEMPO










EL PUENTE  DE RUZOS O PUENTE DEL PASATIEMPO
Puente situado en el barrio mindoniense de Os Muiños sobre el río Valiñadares, conocido antiguamente como "Ponte dos Ruzos". Fabricado con cachotería pizarrosa y sillería granítica en los remates, consta de un arco de medio punto.
Sabido es que a la muerte de Enrique IV los nobles se dividieron en dos bandos: unos se pusieron a favor de doña Isabel y otros de doña Juana, la hija del rey. En Galicia tenían más fuerza los que defendían los derechos de doña Juana; eran, principalmente, el conde de Lemos, el de Sotomayor y el mariscal Pedro Pardo de Cela. Partidario de doña Isabel fue eI señor don Diego de Andrade y algunos amigos suyos.
Los Reyes Católicos enviaron a Galicia, de acuerdo con el de Andrade, una fuerza de trescientos jinetes al mando de cierto aventurero francés, el capitán Mudarra, y con él al bachiller García de Chinchilla y al señor Ladrón de Guevara como gobernador de Galicia, con la orden de <<hacer justicia>>; aquella justicia que, según el cronista de los reyes, suponía <<tanta severidad en los jueces, que ya parecía crueldad, y era entonces necesaria y por eso se hacían muchas carnicerías de hombres>>.
La lucha continuó, a pesar de ello, en el transcurso de cerca de tres años, hasta que, viendo difícil vencer a los poderosos señores que no acataban a doña Isabel y don Fernando, los partidarios de estos acudieron a la traición y pudieron así dominar a sus contrarios. Al conde de Camiña, señor de Sotomayor, lo mataron. El de Lemos murió de viejo. La conquista de la fortaleza de la Frouseira, del mariscal Pardo de Cela, se había encomendado al capitán Mudarra: este, no consiguiéndolo, levantó el cerco. Aprovechó el francés la ocasión en que el mariscal salió del castillo con sus parciales, dejando aquel encomendado a la confianza de veinte de sus criados; estos correspondieron tan mal a ella, que se vendieron al enemigo.
Gracias a ello, Pardo de Cela fue preso por las fuerzas de Mudarca, y Fernando de Acuña, en una casa de Castro de Ouro, <<con moitos fidalgos e labradores onrados que con él estaban>>, el 7 de diciembre de 1483.
Y según la <<Relazón da carta executoria>>, tal fue el horror y la indignación con que el país miró a los que lo vendieron, que hubo de marcarlos con la nota infamante de perjuros y declararlos a ellos y sus descendientes inhábiles para testigos en cualquiera información. Pardo de Cela había sido juzgado anteriormente en Santiago por un tribunal, acusado por varios testigos de la localidad y otros puntos muy distantes de Mondoñedo, como un muy poderoso señor y bandido, que asaltaba y mataba, <<según habían oído decir>; pero el mariscal fue condenado a muerte en garrote.
Cuando doña Isabel de Castro, esposa del mariscal, supo la triste noticia de la prisión, decidió presentarse a la reina en demanda de clemencia y partió en seguida camino de Valladolid.
Pero el obispo de Mondoñedo, que odiaba al mariscal porque este no había querido entregarle algunos bienes de su mujer que le donó el tío de esta don Pedro Enríquez de Castro, anterior obispo de la diócesis, envió a su vez emisarios para que no se otorgase el perdón real a Pardo de Cela.
Le corría por consiguiente prisa al obispo de Mondoñedo la muerte de Pedro Pardo, por si la señora doña Isabel de Castro llegaba con la gracia concedida por la reina, y logró adelantar el suplicio.
Pero el día señalado para la ejecución llegaron noticias de que doña Isabel venía con el perdón y cabalgaba apresuradamente acuciada por el ansia de esposa y de madre que sabe en peligro la vida de los dos seres queridos; porque también su hijo, joven de veintidós años, estaba preso junto con el mariscal.
Entonces el obispo imaginó un medio para que el perdón no llegara a tiempo, envió a la entrada de la ciudad a algunos de sus canónigos, que aguardaron la llegada de la desdichada señora y allí la detuvieron, entreteniéndola con mil habladurías engañosas.
La atribulada señora quería seguir adelante; pero ellos le aseguraban que nada tenía que recelar y continuaron con su porfiada conversación. Entretanto, en la plaza de Mondoñedo el mariscal y su hijo eran entregados al verdugo, que les cortó la cabeza.
Las nobles cabezas rodaron por el suelo, y las campanas de la catedral doblaron a muerto. Fue entonces cuando la aterrorizada condesa pudo entrar, ya demasiado tarde, en la ciudad.
Pardo de Cela y su hijo, degollado con él, fueron enterrados en la capilla mayor de la catedral.
Y desde entonces los vecinos llaman a aquel lugar donde tuvieron entretenida a doña Isabel de Castro <<A Ponte do Pasatempo>>.
Santiago  Lorenzo   Sueiro
Presidente de Alianzagalega
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