sábado, 21 de mayo de 2016

EL PUENTE DA FREIRA










EL PUENTE DA FREIRA
Era por el año 791.
Uno de los primeros días del mes de mayo, en la pequeña aldea de C., no muy distante de la orilla del mar, situada en el valle a los pies del monte N., estaban de fiesta.
Las campanas de la humilde iglesia del lugar sonaban alegremente. Todos los vecinos, con la ropa de los días de fiesta y mostrando la mayor alegría en sus semblantes, se dirigían al templo. Delante de la comitiva iban del brazo un apuesto doncel y una linda muchacha. Él vestía sus mejores galas; ella ceñía su cabeza con el blanco velo de las desposadas.
El era un hidalgo del lugar que, después de guerrear contra los moros, iba a casarse con la elegida de su corazón, huérfana de otro hidalgo muerto hacía algunos años, luchando por la misma causa.
En el atrio de la iglesia aguardaba el anciano sacerdote a los que iban a unirse para siempre ante Dios.
Pero, cuando llegaban a la puerta de la iglesia, se oyeron los roncos sonidos del cuerno de los alarbes. Todos quedaron sorprendidos y absortos, preguntándose lo que aquello podría significar. Un muchachito de diez a doce años, que llegó corriendo casi sin aliento, los sacó de dudas, diciendo con espanto:
-¡Los moros, los moros!...
Todo fue confusión y dolor en la, momentos antes, alegre aldea.
El anciano sacerdote, las mujeres y los ancianos suben hacia la cumbre del monte, donde procuran refugiarse. Los hombres, armados a toda prisa, los siguen poco después, dispuestos a dejarse matar antes que ver a sus hijas, hermanas o novias presa de los aborrecidos infieles o sirviendo de esclavas en el harén.
Aún no bien empezaran a remontar las primeras estribaciones del monte, cuando vieron a los moros avanzar por el valle, al galope de sus briosos caballos.
Dieron los nuestros la cara para tratar de impedirles el paso mientras las mujeres buscaban cobijo en el monte, en un lugar convenido, donde habrían de ir a buscarlas los hombres si lograban triunfar.
Se trabó la lucha, pero, a pesar del heroísmo de los valientes y desesperados gallegos, la superioridad de los moros era mucha y, poco a poco, fueron cayendo unos tras otros los esforzados defensores, no sin cobrarse con las vidas de los enemigos las que a ellos les quitaban.
El pequeño que llevó la mala noticia de la llegada de los mahometanos había hallado un escondite entre los escombros de una casa derruida y logró huir para llevar noticias a los fugitivos del monte, que fueron, otra vez, bien tristes.
Ancianos, mujeres y niños llegaron al lugar donde creían poder hallarse alejados del peligro. Era en lo más alto del monte, un lugar que tenía en medio un profundo barranco que podía salvarse sólo por una especie de puente hecho con el tronco de un roble, puesto de tal forma que podía recogerse desde el otro lado, quedando así aislados por completo.
Pero una exclamación de dolor y desaliento salió de todas las bocas. ¡El puente había desaparecido!
No había por allí otra manera de remediar la falta. La última esperanza que les quedaba era que los hombres pudieran contener y vencer a los moros.
Mas pronto les llegó la noticia tristísima de que no podían tener esperanzas. El chiquillo les llevó la certeza de que los defensores de la aldea habían sido vencidos y que los infieles probablemente no tardarían en llegar a la cumbre del monte.
Todo se volvió gritos y sollozos; no sólo se lloraba por los muertos, sino también por el peligro que se acercaba para los vivos.
La novia, no sabiendo de un modo cierto si el que habría de ser su esposo había sido muerto o solamente herido, decidió sacrificarse por todos y, arrodillándose ante el anciano sacerdote, hizo el solemne voto de consagrar a Dios los días de vida que le quedaran si los salvaba de aquel peligro.
No bien el sacerdote admitió el voto, la novia, como si obedeciese a una inspiración del Cielo, se despojó del blanco velo de desposada que hasta entonces había llevado. Lo envolvió y, teniéndolo cogido por uno de los extremos, lo lanz6, desplegándolo, sobre el barranco. Se alargó el blanco tul y tocó en la otra orilla, quedando sobre el abismo a manera de puente. La novia, llena de fe, puso su planta sobre el paso improvisado, que adquirió la dureza de la piedra. Pasada al otro lado, con el sacerdote a la cabeza la siguieron todos, dando gracias a Dios por el milagro que había hecho. Acababa de pasar el último cuando en la cumbre aparecieron los moros.
Paralizados por el terror, los fugitivos no tuvieron ni ánimo ni tiempo para recoger el velo, cortando así el paso a los enemigos, y cayeron de rodillas rogando a Dios que hiciera otro nuevo milagro que los librara de sus perseguidores.
Los moros, ya creyendo su presa segura, lanzando gritos de triunfo, y pretendieron pasar el puente...
Pero, al llegar al medio, el que iba delante sintió que se hundía la piedra bajo sus pies y, abriéndose en dos el puente, cayó al abismo lanzando una maldición. Sus compañeros, estremecidos de horror, dieron vuelta desapareciendo para siempre, mientras al otro lado los fugitivos, de rodillas, entonaban la más ferviente oración de gracias a Dios que por dos veces les había mostrado su poder librándolos de caer en manos de sus enemigos.
Pasado el peligro, antes de volver a sus hogares quisieron recoger el velo. No pudieron conseguirlo: conservaba la dureza de la piedra, habiéndose cerrado el hueco por donde cayó el jefe moro. Allí quedó, pues, sirviendo de puente y como prueba del milagro hecho por Dios aquel día.
La novia cumplió su voto en el vecino monasterio de M., eN donde murió tenida por santa; y el puente, eN recuerdo suyo, fue llamado <<el puente da Freira>>.
Todavía hoy puede verse en el monte N., sirviendo de pasadizo del barranco, la blanca piedra a que esta leyenda se refiere.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

domingo, 15 de mayo de 2016

EL FANTASMA BLANCO DE LA TORRE










EL FANTASMA BLANCO DE LA TORRE

En la cumbre de una colina que hay entre las parroquias de Seixalvo y Rebordelo, cerca de Orense, se veía, aún hace pocos años, pequeños montones de piedras labradas de cantería, restos de un castillo medieval que allí se había erguido, potente y orgulloso.
El señor de aquella fortaleza era un hombre gentil y membrudo, en lo mejor de su vida, pues andaría por los treinta y cinco años, y guapo como un arcángel. En sus ojos oscuros brillaba una mirada centelleante y en sus finos labios se dibujaba una sonrisa diabólica. El señor don Lopo Ramires era además apasionado y anidaba en su corazón ansias de un loco amor por cada muchacha bella o garbosa que encontraba en su camino , ya fuese hidalga o plebeya, pues no reparaba en castas.
Habitaba en una parroquia no muy distante del castillo un viejo labriego, colono de otro señor que tenía su casa fuerte algo distante del castillo de don Lopo. El viejo tenía una hija hermosa como una mañana de primavera, blanca de carnes como las azucenas y rubia de cabellos como las mismas hadas. Quiso su mala estrella que una tarde acertara a pasar por delante de su puerta el señor del castillo, don Lopo.
La joven, al oír el galopar del caballo, salió curiosa a ver quién era el que pasaba. Su mirada se cruzó con la del varonil y guapo caballero que, admirado de la hermosa rapaza, tiró de las riendas del corcel, haciéndole parar en el camino.
-Hermosa niña: ¿queres hacerme la fineza de darme una taza de agua?. Tengo una sed que me mata - dijo el caballero.
-Se da doy, sí, señor - y el latir de su coruzon a golpes nerviosamente acelerados, pareció que se le hacía subir al rostro todo el calor de su cuerpo, encendiendo sus mejillas con el color de las amapolas. Fue a por el agua y volvió en seguida con el cuenco, que ofreció al señor.
Se Inclinó este sobre la muchacha como para coger la taza; pero, cual súbito relámpago, rápidamente la abrazo con sus membrudos brazos, la levantó en alto y, poniéndola tendida ante si en el caballo, picó espuelas y salió a todo correr.
Tal fue la sorpresa y el asombro de Mingas, que ni siquiera dio un grito pidiendo socorro. Cuando se dio cuenta de su situación, ya el caballo galopaba por caminos despoblados y solitarios.
Llegado que hubo al castillo, el caballero llevo a la joven a un aposento de la torre y le dijo:
-Ahí, en esa arca que ves, hay hermosos vestidos que puedes ponerte. Entre tanto voy a dar algunas órdenes; volveré en seguida.
La afligida muchacha se sentó sobre un cojín y, apoyando su cabecita sobre el asiento de una silla tapizada que allí había, amedrentada, lloró amargamente. ¿Qué pensaría su padre cuando llegara a casa? ¿Qué iba a ser de ella?
En su interior brotaron multitud de pensamientos, ideas y miedos que le hacían estremecerse. Pero, de pronto, miró hacia la puerta, se irguió y fue corriendo para cerrarla y atrancarla en un impulso instintivo de defensa frente a los temores que la tenían sobrecogida.
Muy pronto alguien se acercó por la parte de fuera e intentó abrir, lo que no pudo conseguir. Entonces batió con los nudillos; pero Mingas ni se movió ni pronunció palabra alguna.
-Ábreme, nena -dijo la voz de don Lopo; y como no le abrió, repitió, volviendo a batir más fuerte-: ¡Ábreme, nena!
El mismo silencio.
-¡Si no abres, haré que derriben la puerta!.
Pero Mingas seguía callada y quieta; La única señal de vida que daba era el fuerte y rápido latir de su corazón.
Pasó algún tiempo. No podría saber si fueron dos horas o si fueron cuatro; al fin volvieron a batir en la puerta y Mingas oyó la voz de su padre, que la llamaba tembloroso:
-¡Nena, Minguiñas!
Sin darse cuenta de lo que hacía, instintivamente, Mingas fue a la puerta, la abrió y se abrazó a su padre, sollozando. El viejo lloraba también.
Pero su padre no estaba solo. Cuatro hombres del castillo lo tenían sujeto; y a su lado, don Lopo contemplaba a la pobre muchacha, estremecida por el miedo, con ojos centelleantes y una sonrisa demoniaca en los labios.
Rápidamente, Mingas subió a saltos las escaleras que había junto a la puerta y salió altercado de la torre seguida por don Lopo. Tras ellos subieron los otros, conduciendo al padre de la joven.
-¡No te acerque o me arrojo de la torre abajo! –gritó la muchacha, al lado ya de las almenas y mirando al señor, que no se atrevía a acercársela, temiendo que la infeliz cumpliera su amenaza.
-¡Si quieres salvar a tu padre, ven junto a mí! –le dijo colérico don Lopo -. ¡Si no vienes, será él quien caiga desde la torre! - e indicó a los hombres que llevasen hasta el borde del terrado al desdichado viejo.
No se sabe cómo fue; pero en aquel mismo momento, padre e hija, abrazados, se arrojaron al espacio y fueron a estrellarse sobre las losas del patio.
Y la leyenda dice que una noche, pocas después de la muerte de Mingas y su padre, cuando el señor don Lopo paseaba su saudade o su desesperación por el camino de ronda sobre los muros del castillo, una nubecilla blanca, que parecía la sombra de una mujer, lo envolvió con su niebla y se lo llevó por el aire. Más tarde; apareció también tendido sobre el enlosado del patio, con la cabeza destrozada.
Y se cuenta que en las noches claras de luna se veía algunas veces aquel fantasma blanco que se posaba en la vieja torre del castillo.
Y como el señor don Lopo Ramires no había dejado herederos, todos los servidores del castillo marcharon de allí y la fortaleza fue derrumbándose como si el mismo diablo la destruyera, sin que nadie se atreviera a poner en ella sus manos.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega

domingo, 8 de mayo de 2016

LAS BOCAS DO SANGUE










LAS BOCAS DO SANGUE
A mano derecha del camino que va de la villa de Ares a Mugados, y como a un cuarto de legua de andadura, se hallan ocultas entre zarzales y malezas, a la orilla de la falda de una colina, unos grandes agujeros como pozos a nivel del suelo, que la gente conoce por el hombre de <<As Bocas do Sangue>>. Y dícese que de aquellos agujeros salen, o salían en otros tiempos, unos extraños rumores que, para aquellos que los oían, eran como signo de mal agüero.
Era por los últimos años del siglo XIV, cuando el señor de Andrade gobernaba sus tierras de Puentedeume, en donde aún puede verse la torre de su morada, así como también las ruinas de su castillo de Nogueirosa.
Tenía el de Andrade entre sus servidores un mozo robusto y varonil, llamado Fortún, de veintitantos años, al que correspondía el privilegio de acompañarle en sus cacerías y aun en las ocasiones de guerra cuando era preciso.
Fortún, andaba tras de una muchacha de la aldea que tenía por nombre el de Maruxa y era rubia como una espiga de trigo y tan sencilla y blanca de cara como las azucenas. Los dos hacían una buena pareja, y se casaron.
Pero, un hidalgo emparentado con el señor de Andrade, por nombre Fernán Pérez de Souto, se enamoró de la mujer de Fortún y, con regalos que a ella le complacían y con palabras de afectada delicadeza que su marido no solía dedicarle, fue engatusándola hasta que logró hacerla suya.
El bueno de Fortún nada sospechaba. Contemplaba embobado a su mujer, que cada día estaba más hermosa y mejor vestida y alhajada; pero como parecía ser hacendosa y bien dispuesta, y solía mostrarse cariñosa y sonriente, el hombre vivía feliz. Hasta que un día, una vieja vecina (ellos vivían en Ares) encontró a Fortún en el camino y le dijo:
-Fortún, Te voy a decir una cosa, y no lo tomes a mal, te lo digo por tu bien.
-Hable, señora Andrea, le agradeceré saber de lo que se trata.
- ¿No te has percatado que tu mujer viste ropas muy caras y alhajas de mucho precio?
-Señora , mi mujer es hacendosa y limpia y yo le entrego todo lo que gano, ella lo administra y muy bien.
-Escucha. En Ares todos saben que, cuando tu no vienes a causa de tu trabajo, se aprovecha para hacerle compañía un hidalgo durante la noche.
-¿Es cierto eso? Grito Fortún.
-Te lo juro, dijo la vieja.
-Te agradezco que me lo hayas dicho.
Pero hombre fuerte y acostumbrado al rudo sufrimiento de las luchas guerreras, logró acallar sus amarguras y dominar sus ansias de venganza y castigo, hasta poder coger juntos a los dos amantes para no exponerse a cometer una injusticia.
Un día le dijo a su mujer que tenía que salir con su amo el señor de Andrade para Villalba y que estaría fuera toda la semana. Pero se quedó en Puentedeume sin ir a casa dos días. y, al tercero se fue de noche para Ares. Llegó antes de salir el sol y se ocultó frente a su casa.
Pasó algún tiempo y al  amanecer, en la casa se abrió una ventana, poco después la puerta y en ella apareció el bulto de un hombre envuelto en una larga capa oscura. Fortún sintió sus huesos ateridos por el frío; pero, con el odio quemándole las venas, preparó silenciosamente su ballesta.
-Adios amor mio- dijo la voz del hombre dirigiéndose a alguien que estaba dentro de la casa.
-Adios, hasta la noche- le respondió Maruxa
-Estes días son nuestro por entero, don Fernán, tenemos que aprovechar.
Y en la puerta se dieron un último abrazo y besos de despedida. Después, Maruxa cerró la puerta y el hombre se dirigió al cobertizo para montar en caballo que tenía amarrado allí.
Fue entonces cuando Fortún disparó su ballesta. Un pequeño grito, un <<¡Ah!» de dolorosa sorpresa, de asombro; un suspiro de dolor y de muerte, y el hombre que se derrumba sobre el suelo blanquecino de la helada.
Fortún se acercó a la casa y llamó a la puerta.
-¿ Quién es ? --preguntó la voz de Maruxa.
-¡Abre, soy yo, Fortún!
La mujer acudió a abrir y, con los ojos desorbitados por el terror, exclamó:
-¡Tu aquí a esta hora!
-¡Yo!, para castigarte y a la vez a tu amigo, que ya pago su culpa.
-¡Fortún!
-¡Descastada, mala mujer!.
Y le clavó un puñal en el corazón sañudamente.
Después desató el caballo de don Fernán Pérez, cargó en él los cuerpos de los dos amantes y se fue camino de <<As Bocas do Sange>>' en donde arrojó los cadáveres. Hecho esto, montó en el caballo y se alejó hacia los montes.
Mucho se habló en el castillo de Andrade, y mucho se habló también en Ares acerca del extraño caso de haber desaparecido el capitán don Fernán, Fortún y la mujer de este, Maruxa. pero nadie supo por qué ni cómo había ocurrido aquello.
Pero, pasado algún tiempo, empezó a notarse por toda la comarca de Puentedeume que una cuadrilla de ladrones había asaltado varias casas, que robaban a los curas de las parroquias, a los labradores ricos y hasta a los mismos hidalgos. y toda la gente andaba con miedo.
Un día que había salido de caza el señor de Andrade con algunos hidalgos de su casa, cuando después de dar muerte a dos jabalíes volvían hacia el castillo, hallaron cerca de un riachuelo a dos hermanos, sobrinos de don Fernán Pérez, el desaparecido capitán de Andrade. Ambos estaban , al parecer muertos; pero a uno de ellos todavía vivo, le quedaban alientos para decir que habían sido asaltados por cuatro o cinco hombres bien armados y que uno de ellos era Fortún; y ya con mucha dificultad, añadió que este jurara matar a todo aquel que tuviera sangre de don Fernán Pérez de Souto, para castigar el daño y la desgracia que este le había causado.
Sabido esto por el señor de Andrade, dispuso que una tropa de ballesteros y lanceros, batido y derrotado, Fortún se vio acorralado y tuvo que huir, y gracias que conservaba el caballo de don Fernán para salvarse, sin que pudieran apresarlo, como les aconteció a sus compañeros.
Pero a pesar de eso, Fortún, cercado por sus perseguidores que también iban a caballo, tuvo que seguir el camino de Mugardos y, al llegar ante las <<Bocas do Sangue>>, sintiéndose perdido, prefirió darse la muerte por sí mismo antes que dejarse ahorcar, y dirigiendo el caballo hacia las espantosas cuevas, se arrojó a una de ellas, yendo a estrellarse en las profundidades de la sima.
Santiago Lorenzo Sueiro
Presidente de Alianzagalega