sábado, 12 de julio de 2014

As Catedrais O a Praia de Augas Santas, (LA LEYENDA DE LA MEIGA Y LA MUERTE)














 As Catedrais : Es el nombre turístico de la  Praia de Augas Santas, situada en el municipio de Ribadeo. Es interesante ver la playa con la marea alta recorriendo la parte superior de los acantilados en dirección oeste-este hacia la playa de Esteiro y verla con marea baja sobre la arena de la playa para poder apreciar la magnitud de los acantilados y la evolución de las distintas furnas o cuevas marinas en su formación desde pequeñas grietas hasta cuevas en las que acaba colapsando el techo por la acción erosiva del oleaje y el agua del mar.

Durante la marea baja puede accederse a un largo arenal delimitado por una pared rocosa de pizarra y esquisito erosionada en formas caprichosas: arcos de más de treinta metros de altura que recuerdan a arbotantes de una catedral,  grutas de decenas de metros, pasillos de arena entre bloques de roca y otras curiosidades. Con las "mareas vivas" en las que las mareas bajan más y suben más que las mareas normales incluso se puede acceder a las playas vecinas por la arena, aunque eso sí se debe tener precaución y volver antes de que comience a subir la marea ya que el nivel del mar sube rápidamente puesto que se trata de un tramo de costa prácticamente horizontal perteneciente a la Rasa Cantábrica. La playa tiene este relieve debido al efecto de la erosión del viento y del agua salada.

La Leyenda :

LA FLOR DEL AGUA DEL SOLSTICIO DE VERANO (LA LEYENDA DE LA MEIGA Y LA MUERTE)


Hace muchos años, una enfermedad asoló todas las orillas de mis dos mares y nadie podía detenerla. Morían las personas a cientos y ninguna meiga podía  frenar su avance.
La meiga más sabia y guapa de la comarca vivía en un viejo molino, en un lugar perdido en medio de una de las fragas mas frondosas de la montaña más inaccesible y hasta allí acudió una joven madre guiada por su desesperación, con su bebe de pocos meses infectado por la enfermedad.
Cuando llegó a la vieja construcción de piedra la puerta estaba abierta. Dentro la meiga parecía estar aguardándola y recogió en sus brazos al niño que ella le entregó sin mediar palabra y de una esquina un saco lleno de arenilla de piedra lumbre.
Bajaron juntas el camino hacia la playa. La meiga le indicó a la madre que recogiera las cosas que ella iría reclamando a lo largo del trayecto.
A un guerrero le pidió que cortara con su espada una rama pequeña de roble y se la entregara. A otro, una antorcha prendida.
Seguida siempre por la mujer y con el bebe en brazos la meiga alcanzo el arenal.
Construyo un círculo con piedras y cubrirlas con la piedra lumbre.
En medio del círculo la meiga, sostenía con una mano al niño que agonizaba apretado contra su pecho y en la otra la rama de roble. Con la mirada atenta vigilaba el camino del Norte. Sabía que por ese camino tenía que llegar la muerte para llevarse al niño.
La meiga arrimó la antorcha al punto del Sur. La piedra prendió y un círculo de fuego la rodeo a ella y al pequeño que apenas respiraba.
Sin dejar de mirar hacia el  Norte, levanto la rama de roble y apunto con ella hacia el lugar por donde esperaba ver aparecer a la muerte
La muerte acudió en busca de su presa a los pocos minutos.
Reclamó a la meiga que se lo entregara. La meiga la miro, sonrío y se negó, Sabia que si pasaba la hora, si el plazo de entrega vencía.
Dicen que la muerte no puede atravesar el fuego de un círculo y que la rama de roble usada como arma defensiva paraliza su fuerza.
Enzarzadas ambas en un desafío de palabras, amenazas y retos,
De pronto, la muerte interrumpió su tono agresivo, bajo la voz y casi susurrando pregunto:
¿Por qué eres tan hermosa?
La meiga no tardó en responder
“Porque en cada amanecer del solsticio de verano voy a la fuente para mojar mi rostro con la flor del agua- y casi sin pausa añadió- Puedo enseñarte cómo hacerlo”
“Podríamos hacer un trato. No me está permitido, pero si tú te detienes. Si  hasta el día del solsticio descansas y no te llevas a nadie en ese tiempo, te enseñare como debes recoger la flor de agua para ser hermosa”
Desde siempre la muerte ha querido se amada, deseada, respetada y aceptada como la druida. Y hermosa como ella.
Y acepto.
Y determinaron el lugar donde se encontrarían un poco antes de amanecer del día del solsticio de verano.
La enfermedad desapareció. Durante el tiempo convenido nadie más enfermó ni murió.
Y el día del solsticio la meiga acudió a su cita como había prometido.
Descubrió que la muerte se había adelantado y paseaba de un lado a otro frente a la fuente.
Al llegar a su altura la inquietud se volvió impaciencia. Antes de que pudiera preguntar nada la meiga se arrimo a la pileta de la fuente.
“La Flor del agua es –explico mientras levantaba la vista vigilando el cielo- el primer rayo de sol que se refleja en el agua. Has de ser muy rápida. Cuando nace, tienes que recogerla entre las manos y la levantarla sin dudar hacia tu cara.
Las dos se colocaron una junto a la otra apenas separadas por unos centímetros.
El sol apunto en el horizonte y sus primeros rayos alcanzaron la superficie del estanque y se reflejaron en el cómo en un espejo maravilloso.
La meiga sostuvo entre las palmas de sus manos la flor del agua y la levanto rociándose la cara con ella. Su rostro se iluminó intensamente y la piel adquiría la textura y la suavidad de una concha de nácar.
La muerte a su lado intentaba una y otra vez hacer lo mismo, pero fue imposible. Por más que lo intentó, no pudo recoger la luz entre sus oscuras manos.
La muerte no pudo apresar la flor del agua, porque la flor del agua es luz y la muerte es sombras y oscuridad.
No tenía nada que reclamar. La meiga  había cumplido su parte del trato.

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